La vocación de los amigos del paralítico

Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico (Mc 2, 3-4).

Lo que a mí me falta lo tienen mis amigos

Jacobo siempre ha estado en la camilla, al menos desde que yo le conozco y no me acuerdo desde cuando es eso así que debe ser hace mucho. Mi nombre es Rubén. Ahora tengo 16 años y soy el mayor del grupo aunque no el más fuerte, ni tampoco el más listo, je, je, como se verá a continuación. A veces eso tiene sus ventajas… y sus riesgos. Los talentos están muy repartidos y lo que a mí me falta lo tienen mis amigos. El problema viene cuando solo uno tiene un poco de cabeza y sentido común pero es paralítico. Nosotros éramos sus manos y sus pies pero no siempre obedecíamos a su cabeza, mejor dicho, casi nunca. Él, con tal de no molestar, era capaz de aguantarse lo que fuera, pero todo tenía un límite.

Os presento a la cuadrilla

Habíamos oído hablar de Jesús. A pesar de mis pocas luces tuve una idea. Si alguien podía curarle era él. Esa noche soñé que Jacobo corría con nosotros, montaba en burro y perseguía a las gallinas ladrando. Fue increíble. Por supuesto se lo conté a todos. No tengo filtro y todo lo que se me ocurre lo digo, aunque no sea oportuno. Esto claramente no lo era. Jacobo se quedó pensativo. Tobías y Matías me dieron un codazo y una patada respectivamente y yo pregunté, en alto, por qué lo hacían. Simón, que es muy divertido, cambió de tema pero yo insistí, sin darme cuenta del fuego que echaban por los ojos los otros tres. Pero Rubén empezó a divertirse con la situación. Se empezó a hacer ilusiones y eso fue la gota que colmó el vaso de Matías. Es el más listo de todos y a veces nos deja en evidencia. Como sabe tanto suele estar más preocupado que los otros. Me imagino que conoce mejor los problemas. Es más realista y da muchas vueltas a las cosas hasta analizarlas bien. Yo le digo que no entiendo sus razonamientos y me suele decir que no me preocupe. Yo soy muy ingenuo y todo me parece bien.

No perdíamos nada por intentarlo

Entonces Tobías mordió mi anzuelo. Es un “pieza”. Es el más joven de todos y también el más inquieto. No puede estarse parado más de dos minutos seguidos. Dijo que no perdíamos nada por intentarlo.

Simón se debatía entre la prudencia y la ilusión de hacer algo diferente. Es alto, delgado y yo diría que la persona más divertida en muchos km a la redonda. Dijo que la multitud solía oprimir a Jesús pero que a él se le había ocurrido una idea: peligro. Lo descolgaríamos por el techo. Esto fue superior para Matías pero sobre todo para el propio Rubén. Para entonces ni Simón, ni Tobías ni yo mismo atendíamos a razones. Estábamos entusiasmados. Lo haríamos quisieran o no. A Matías no podíamos obligarle, pero con Rubén lo teníamos más fácil. Empezó a pedir que no lo hiciéramos, que le daba mucha vergüenza. Yo intuía que le ilusionada la sola posibilidad de ver a Jesús, así que no le creí. El resto de la historia lo conocéis muy bien. Tobías acabó uniéndose porque dijo, y tenía razón, que sin él Rubén se caería sin ninguna duda. También con él estuvo a punto de caerse, pero Dios tenía otros planes.

Me siento pagado para toda mi vida

Solo una cosa más: la mirada de Jesús cuando bajamos a Jacobo no tiene precio. Con eso me siento pagado para toda mi vida. Siempre que la recuerdo pienso que me hubiera tirado por el agujero del techo yo también. Nunca he visto tanto agradecimiento, tanta alegría en unos ojos y tanta emoción en una voz que siempre sonaba segura y firme. Se diría que a Jesús le encantó nuestro desparpajo, le sorprendió nuestra desvergüenza, nuestra imprudencia y nuestra amistad, arriesgada pero verdadera. Estaba literalmente atrapado. No tenía escapatoria. En realidad no quería tenerla.

Entradas relacionadas

Join the discussion One Comment

Leave a Reply