¿Te atreves a preguntárselo?

¿Te atreves a ponerte delante del Sagrario y preguntarle al Señor: qué quieres de mí? ¡Mejor aún! ¿Te atreves a decirle que sí a lo que quiera, sea lo que sea? ¿Estás dispuesto a darle tu vida por entero a Dios? ¿Seguro que no se te ha pasado por la cabeza alguna vez y si Dios quiere de mí esto o aquello?

Hay distintos motivos por los que no terminamos de enfrentarnos cuerpo a cuerpo, cara a cara con Jesús, a la gran pregunta: ¿qué quiere Dios de mí? Te dejamos algunos obstáculos frecuentes y medios de superarlos:

Tengo miedo… ¿y si me pide algo que no quiero?

A veces nos puede dar miedo enfrentarnos a esta gran pregunta porque pensamos que Dios nos quita la libertad. Que sus planes y los nuestros no coinciden. Que Dios pide lo que uno más quiere y tendría que renunciar precisamente a eso, a lo que más nos gusta.

La clave no está en la renuncia, sino en la elección.

Esto es una idea totalmente equivocada. Dios nos ha creado y nos ha llamado desde toda la eternidad sabiendo precisamente cómo somos. Y esa llamada, esa misión con la que ha soñado para cada uno, es el camino para que seamos felices.

Es verdad que toda elección supone renuncia. Si elijo ir por letras, me cierro la puerta a hacer una carrera de ciencias; si me declaro a esta chica y le pido ser mi novia, renuncio de alguna manera a tener una relación con todas las demás…

Pero la clave de este aparente laberinto sin salida no está en la renuncia, sino en la elección. Si elijo lo mejor, lo que más vale, ¿por qué lamentarme de no tener las demás cosas? Tengo lo que quiero, tengo lo que me hace más feliz. Así que ya sabes, cuando tengas que elegir o decidir algo, no mires tanto lo que dejas a un lado, sino el camino que tomas.

Ser bueno sí, pero sin pasarnos:

A veces también podemos rehuir el tema de la vocación porque en el fondo ya lo hemos visto, pero nos hacemos los locos. A  ver si se nos acaba yendo de la cabeza y todo vuelve a la normalidad. Al fin y al cabo queremos ser buena gente, pero tampoco hay que exagerar y pasarse. ¿Para qué complicarnos tanto la vida? Queremos ser buenos cristianos, pero ya.

Si Jesucristo hubiera razonado así, no habría muerto por nosotros en la Cruz. El cristianismo es por definición radical. Seguimos a Cristo, que no se guardó ni una sola gota de sangre para sí. Se dio hasta el extremo, por amor a nosotros, a cada uno. ¿Y tú vas a ser tan cutre y egoísta que no le vas a dar lo que además es suyo, porque todo nos lo ha dado Él? El amor es radical, el amor no tiene límites. Si alguien nos dijera: «te quiero, pero solo entre semana, que el finde tengo que descansar»; pensaríamos: «pues este no me quiere». No hay nada más incondicional, grande y poderoso que el amor. Y amor con amor se paga.

Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por otro. Y eso es lo que ha hecho Dios por ti. Mírale clavado en al Cruz o encerrado en el Sagrario y dile: «eso que me pides, no te lo quiero dar».

“Todo hombre es como un cheque en blanco firmado por Dios. Nosotros mismos escribimos en él la cifra de su valor con nuestro merecimiento”, Amado Nervo.

¿Conoces a algún santo triste?

Dime uno solo y te diré entonces que no compensa, que no te arriesgues y te vayas con la música a otra parte. Pero si no encuentras ni a uno solo, ¿no será entonces que va a ser verdad que Dios da la felicidad? ¿Que Dios es el único capaz de colmar nuestro corazón por completo? ¿No será que vivir cara a Dios, sin ponerle condiciones, es lo que nos hace más felices? Los santos son esos gigantes del amor. Lo descubrieron y lo dejaron todo por Él. Y su arriesgada apuesta fue de lo que nunca se arrepintieron. El cielo es para los que son felices en la tierra; para los disfrutones, los que aman sin condiciones, los que apuestan por lo que vale la pena al precio que sea. ¿Y tú no quieres ser uno de esos?

Pero ¿seré capaz?, ¿seré fiel?

Cuando Dios llama da los dones necesarios para corresponder.

Si no lo intentas, nunca lo sabrás. Nadie sabe lo que va a suceder dentro de 50 años. Pero si hoy quieres a alguien y te esfuerzas por quererle cada día, dentro de 50 años con toda seguridad seguirás queriéndole e incluso más.

Además, Dios cuando llama alguien le da los dones necesarios para llevar a cabo esa misión. Sería absurdo que nos pidiera una cosa y nos creara incapaces de hacerla. Dios no se contradice y mucho menos juega con nosotros. Nadie tiene la fidelidad asegurada; pero el futuro se juega en el presente, se decide en el hoy y ahora. El sí a Dios no se pronuncia una vez, sino muchas a lo largo de cada día.

No hay nadie que se haya entregado a Dios y luego Él lo haya abandonado. Si te lanzas al vacío y no era tu camino, Dios te regala un paracaídas para que ese salto no sea un duro golpe, sino un impulso para llegar más lejos, aunque al principio pueda doler un poco. No te olvides, Dios nunca se deja ganar en generosidad.

La gran pregunta: ¿qué quiere Dios de mí?

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