Desde hace algunas semanas ha empezado a escucharse el nombre del doctor Kermit Gosnell en medios de comunicación pro-vida y en las redes sociales. No sería raro que nunca hubierais escuchado hablar de él, ya que los medios de comunicación se niegan a cubrir el juicio del abortista de Pensilvania.

En otras circunstancias, la historia de un médico en cuya clínica han muerto dos mujeres adultas, que ha matado cientos de bebés recién nacidos, que trabajaba con cooperadores sin licencia médica, sedaba a los pacientes sin supervisión, les administraba dosis innecesarias y peligrosas de medicamentos, no habría pasado desapercibida. Probablemente, el juicio habría sido religiosamente seguido y tendríamos montones de reportajes acerca de los horrores de sus clínicas en Pensilvania. Si las circunstancias fueran otras, también se habría llevado unas cuantas portadas de periódico. Sin embargo en este caso seguimos esperando a que los medios den señales de vida. ¿Por qué? Tal vez porque en este caso el médico no es cualquier médico, es un abortista, y la clínica es un centro de abortos.

Dr. Kermit Gosnell

Parece ser que en los mandamientos implícitos de la prensa actual, comprometida con la causa de la tolerancia moderna, solamente puede retratarse a un abortista como víctima que se sacrifica por el bien de las mujeres, y a una clínica abortista como un refugio para aquellas mujeres que están en sufrimiento. Si la historia no permite esto, es mejor ocultarla. Y aún más importante que este daño a la imagen impecable del aborto que los medios llevan años forjando, está el hecho de que este caso suscitará preguntas.

Al doctor Gosnell se le acusa de haber llevado a cabo abortos en bebés de 22, 24, 28 y hasta 30 semanas. Con la ayuda de fuertes medicamentos, el doctor inducía el parto en las mujeres y una vez que el feto estaba fuera del vientre realizaba lo que llamaba «asegurar el deceso fetal» que consistía en cortar la espina dorsal del niño con unas tijeras. Niños que podrían haber sobrevivido perfectamente con la adecuada atención médica. Estos hechos son escalofriantes, pero no son solo escalofriantes sino que llevan a la reflexión. Sinceramente y aunque parezca terrible, en cierto sentido puedo entender al doctor Gosnell. La ley amparaba lo que hacía, siempre y cuando fuera dentro del vientre de la mujer. Él no encontraba el sentido en esta limitación que simplemente complicaba aún más el procedimiento y lo hacía más incómodo para la mujer: ¿qué más da dentro que fuera? Es una simple cuestión de geografía.

Asimismo, se le acusa de haber realizado abortos ilegales, ya que en Pensilvania los abortos realizados en bebés de 24 semanas son prohibidos por la ley. Pero, ¿cuál es la diferencia entre una semana más y una semana menos? ¿Qué más da un día más que un día menos? ¿Por qué trazar la línea arbitrariamente en las 24 semanas? ¿Y por qué no en las 23 o en las 25? En fin, que el asunto presenta ciertas incomodidades, ya que la línea entre lo que sí se puede y lo que no se puede se vuelve tan fina y difusa que pierde el sentido en que exista del todo.

Lo que el el doctor Gosnell ha hecho es horrible y escalofriante. Sin embargo, me parece que sería irresponsable que todo el peso del asunto recayese sobre este hombre en cuestión. El doctor Kermit se ha pasado de la raya, pero quizás deberíamos plantearnos si la cuestión no es tanto el no pasarse de la raya como la raya en sí.

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