«Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolviò en su luz: y se llenaron de temor. El ángel les dijo: No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá duntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.

Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado». Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho«, (Lc. 2, 8-20)

«La Adoración de los pastores», MENGS, ANTON RAFAEL ©Museo Nacional del Prado

Una noche muy extraña…

No conseguía dormir. No sé si era el frío, el vino tan malo que me dio mi padre o el trozo de queso seco que cené. También mi perro estaba inquieto. Habitualmente cae como un tronco en cuanto nos vamos a dormir, pero vi que tenía los ojos abiertos y movía su cola. También él estaba inquieto. Sin embargo él no tenía frío y no había bebido ese potaje ni probado el queso. ¿Qué presentía? ¡Nunca lo había visto así! Diría que estaba pensativo…

«¿Qué piensas Tobi?» No me respondió. Solo emitió un gemido. Tiene un olfato espectacular. Sería capaz de reconocer el rastro de una de nuestras ovejas varias horas después. Nunca hemos perdido ninguna. Me encanta rescatarlas cuando se pierden, se hieren o se enriscan. 

Me levanté. Desde hace dos semanas ya me dejan quedarme de guardia. No puedo fallar a mi padre. Todo el rebaño dependía de mí. 

¡Hoy os ha nacido el Mesías, el Salvador!

Y de repente, ¡una luz cegadora lo invadió todo! ¡Era como si se hiciera de día! Me restregué los ojos porque no creía lo que estaba viendo. Aparecieron varios ángeles. No sé cómo imaginé que eran ángeles, porque nunca había visto ninguno; pero estaba claro incluso para alguien como yo, aunque no he tenido mucho tiempo de ir a la sinagoga para aprender todas esas cosas. 

Me hablaban a mí y me decían que traían un anuncio que nos llenaría de alegría: ¡había nacido el Mesías! Esas historias sí que las había escuchado. Todos los niños imaginábamos y soñábamos con conocer al Mesías. A veces se escuchaba que ya había llegado, pero luego siempre eran falsos rumores. Esta vez no, ¡era real! Allí estaban los mensajeros del cielo y allí estaba yo, pobre pastor, de guardia, vigilando mis rebaños y aturdido por lo que acababa de escuchar. 

Se pusieron a cantar y me quedé embobado. Cuando llegaron todos los demás pastores asustadísimos me preguntaban todos a la vez qué había pasado y qué me habían dicho los ángeles. Les conté la buena noticia que me habían dado y me volvían a preguntar una y mil veces las mismas cosas. Parecían críos pequeños que se olvidan enseguida de lo que ya han preguntado y que no oyen las respuestas. 

«Adoración de los pastores», MAÍNO, FRAY JUAN BAUTISTA ©Museo Nacional del Prado

Los primeros en adorar al Niño Dios, los pastores

–  «Vamos y comprobemos lo que me han dicho«-  les invité cuando ya no había forma de repetirlo de una nueva forma diferente. 

– «¿Y con quién dejamos el rebaño?» – me respondieron al unísono. 

– «Llevémoslo con nosotros, no está lejos el lugar donde ha nacido el Mesías. No le harán daño nuestras ovejas» – 

Dicho y hecho. Caminamos un rato, que se me hizo eterno pero que debió ser muy breve. Llegamos y allí estaba, tal y como me había dicho el ángel, un niño en pañales y recostado en un pesebre. ¡Era tal cual!

– «¿Veis?» –

«Tú eres la razón por la que Dios ha elegido Belén para nacer«, y ese pastor somos cada uno

Nadie me prestaba la más mínima atención salvo la madre de la criatura que no paraba de sonreírme. Vi caer una pequeña lágrima de sus ojos pero no estaba triste, todo lo contrario. Me agarró de improviso y me dió un abrazo como nunca había recibido. Mi madre murió cuando yo era muy chiquitín y mi padre es pastor. Me quiere un montón pero si me abraza me descoyunta. – «¡Ven aquí ladrón, que ahora ya sé por qué Dios ha elegido Belén para nacer! No dejaba de preguntármelo y claramente tú eres la razón. Dale un beso que ¡no sabes cómo te quiere!» -.

A mí me dio mucha vergüenza porque no suelo dar muchos besos, pero con Jesús no había problema. Era como si fuera mi hermano. Entonces me acordé que tenía un poco de fruta en el morral y quise ofrecérsela a María. Lo malo es que con la de vueltas que había dado esa noche estaba un poco apachurrada y revuelta. 

María ni se inmutó. Dijo que así estaría mucho mejor y así es como nació la primera compota. Estaba riquísima y María se chupaba los dedos. José ponía cara de cómplice y yo estaba en el cielo. De fondo se oía un canto muy suave pero que me llenaba el corazón de caricias y de un gozo que no sé cómo explicar. 

«La Adoración de los pastores», WTEWAEL, JOACHIM.  ©Museo Nacional del Prado

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