Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda (Mt 27, 38).

¿Qué más puede pedir una madre que un final feliz para sus hijos? ¿Qué más puede pedir una madre que Dios te confirme que tu hijo está salvado? Me he pasado toda una vida rezando y en el peor momento, en el más angustioso, en el momento de mayor desesperación, recibí un consuelo compensa cualquier pena, cualquier sacrificio, cualquier renuncia. He alcanzado lo único que me interesaba de verdad: devolver mi hijo a quien me lo regaló. Y además, entregar a Dios su don no muy estropeado.

… gracias por traerlo hasta aquí

Jesús me miró desde la Cruz como si viera mi angustia, mis dudas. Era como si dijera: «Gracias por cómo has cuidado al “bandido” de tu hijo, gracias por traerlo hasta aquí, gracias por todas tus lágrimas, tu oración, tu dolor. ¿No ves cómo ha merecido la pena? ¿No ves cómo tenías razón y era muy bueno? Es verdad que es un salteador, un tramposo, pero le van a recordar como el buen ladrón: cuánto bien voy a hacer en el mundo, cuántos corazones voy a salvar, cuánta alegría podré derramar por su ejemplo, por el valor que ha mostrado, por el corazón tan grande que tiene. Y tú tienes la culpa, tú le has enseñado. Parecía que no te oía, que no hacía ni caso, que tus palabras eran contraproducentes. Pero tu amor por él, tu cariño, tu confianza, tu convicción sobre su inocencia y su bondad han producido un fruto increíble, mucho más del que imaginas.

Le has enseñado a no decir nunca basta, a que siempre se puede volver a empezar, a no contar solo con sus fuerzas, a saber pedir ayuda, a comprender que no eres mejor si lo haces solo. En el fondo ha aprendido, gracias a tu cariño, a dejarse querer y por eso acaba de asaltar el Cielo y no ha habido quien le detuviera. Ha demostrado tanta confianza que era imposible decirle que no».

… vi a María rodeándome, abrazándome

Mientras soñaba y disfrutaba estas palabras ni me di cuenta de que un brazo fuerte y seguro me sostenía. Cuando volví de mi nube vi a María rodeándome, abrazándome. Dimas se nos iba pero su rostro ya no reflejaba tensión. No apartaba los ojos de Jesús. Yo no quise distraerle. Se diría que se hablaban aunque no se decían nada. Compartían el mismo destino, el hijo de la mejor madre y mi hijo, el Salvador del mundo y el primero de los salvados. Dimas debía ser ejemplo para todos, modelo para generaciones. Indirectamente Jesús me confirmaba en mi papel de madre. No me reprochaba ni me recriminaba como lo había criado o “malcriado”. Por primera vez dejé de sentir el vértigo que experimentaba desde que nació Dimas.

En la nueva alianza, robar a Dios se convertía en una actividad cien por cien rentable. Solo había que conocer la contraseña: María. Ella miraba a Dimas con un cariño que me pareció de otro mundo. Hasta una madre como yo puede estar orgullosa de sus hijos si Dios los quiere tanto, si los busca de esa forma, si no para hasta encontrarlos aunque sea en un patíbulo.

… al oído de cada madre

Jesús subió al Calvario para salvar al golfo de mi hijo y para llenar de paz mi corazón de madre. Me gustaría decir al oído de cada madre: «No temas. Reza por tus hijos. No desesperes. Dios los quiere más que tú. Te ha regalado un poco del cariño que siente por ellos y por eso les quieres como nadie. Confía en él. Si te fías, nadie los hará tan felices como Dios. No intentes escribir la historia antes de que suceda. Los planes de Dios son mejores, incluso, que los tuyos. Su libertad es garantía de felicidad. Déjales que aprendan a disfrutarla. Nosotras tenemos miedo porque amamos mucho, pero Dios ama más porque se arriesga del todo».

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