Al pasar vio a Leví, el de Alfeo,
sentado al mostrador de los impuestos,
y le dice: «Sígueme». Se levantó y lo siguió (Mc 2,14).


Me miró, se puso en juego toda su misericordia y me pidió que le siguiera. ¿Cabe mayor manifestación de lo que Dios me quiere? ¿Hay alguna forma mejor de invitarme a dejarlo todo que ésta? ¿Se podría encontrar más delicadeza, más finura, más respeto de mi voluntad, más empatía con mis sentimientos?

… los ojos de Jesús puestos en mí

A mí, por ser publicano, recaudador de impuestos, y rico, todos me miraban mal. Llegó un momento en que no concebía que nadie pudiera mirarme de otra forma que con desprecio, con rencor. Muchas veces yo sentía lo mismo. Por eso cuando vi los ojos de Jesús puestos en mí, cuando vi que por fin alguien se hacía cargo de mi dolor, de mi vida entera, alguien que no me juzgaba, que me conocía pero no me condenaba, vi por primera vez la luz al final del túnel. 

Sentí de repente que había un poco de esperanza, un lugar donde agarrarme en este mundo oscuro, frío y lleno de odio. Jesús me regaló en un segundo todo lo que me habían robado, toda la dignidad que ya no tenía, todo el respeto y el cariño del que me había visto privado desde siempre. Nunca había experimentado una mirada así. 

A través de sus ojos pude ver lo que sucedía en su corazón. Me había estado esperando. Él había llegado primero. Siempre me había conocido y me esperó con paciencia hasta aquel día. Él tenía una invitación para mí, pero no quería imponerme nada. No exigía, no reprochaba, comprendía y hasta justificaba toda mi vida. Solo me ofrecía su mano para salir de allí, para recuperar la alegría, para darle sentido a todo, para no apagar mi sed en un charco.

… al menos me consolaba de no ser feliz

Ya sabía que el dinero no me iba a hacer feliz, pero al menos me consolaba de no serlo, me anestesiada mi dolor, mi soledad, mi corazón herido. Me entretenía. Mucha gente pensaba que yo era un hombre sin escrúpulos y sin sentimientos: nada más lejos de la realidad. El corazón se me dispara continuamente.

Todo lo vivo muy intensamente. A veces me veo arrastrado como si mi sensibilidad fuera un río que se desborda. Por eso soy muy inseguro. No sabía cómo expresar todo lo que sentía. Me refugié en el trabajo. Además una vez que has probado el dinero, es muy difícil dejarlo. Estaba atrapado. Me daba asco a mí mismo, pero no podía dejarlo. Renunciar a la comodidad, al lujo, al capricho, al trabajo fácil y a los halagos no es nada fácil. Solo la mirada de Jesús pudo arrancarme de las garras de la corrupción.

 

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