Caravaggio 1571 1610   De roeping van Matteüs 1599 1600   Rome San Luigi dei Francesi 10 01 2011 12 07 56 e1554911668179 - La vocación de San Mateo. Caravaggio

LA VOCACIÓN DE MATEO

Los discípulos que fue seleccionando Jesús no eran solo aquellos que habían sido presentados por Juan el Bautista. Los evangelios nos hablan de otras vocaciones. Una de las más interesantes es la del recaudador de impuestos Leví, también llamado Mateo. Sucedió alrededor del mar de Galilea, tal y como nos lo narra Lucas. Probablemente en Cafarnaún, ciudad próspera a orillas de este mar, de donde había llamado Jesús ya a Pedro, Juan, Santiago y algunos otros. Estos últimos eran pescadores. Pero Jesús quiere a todo tipo de personas y no le importa el pasado de las mismas sino que tengan un corazón abierto.

Entre los judíos estaban muy mal vistos los recaudadores de impuestos; pedían dinero en lugares de paso, a todas las personas, para luego enviar –tras el descuento de la correspondiente comisión– tales dineros a las autoridades (normalmente romanas). La gente repudiaba a estos personajes y se consideraban casi como apóstatas del judaísmo, porque se relacionaban libremente con el invasor.

Lucas nos dice (5, 27 y ss.): «Vio [Jesús] a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: ‘sígueme’. Él, dejándolo todo se levantó y lo siguió». Caravaggio nos muestra una escena que fue –tanto para Leví como para los que le rodeaban, y claro está para sus ya discípulos– insólita, incluso escandalosa. Vemos a Jesús señalando a Leví, que trabaja en el mostrador, en la labor de contar dinero. Hay un muchacho que parace llevarse la mano a la espada. Ese gesto de defensa era normal, pues a los recaudadores se les despreciaba. En cualquier caso, los personajes están muy asombrados. Leví mismo se autoseñala («¿es a mí?») como algo imposible. El personaje al lado de Jesús quizá es Pedro, intentando amonestar al maestro y aclararle quién era aquel rufián a quien con tanta ligereza señalaba. Pero el dedo de Jesús no deja lugar a equívocos. Y su mandato es imperativo: sígueme. Jesús no usa la espada. Utiliza una mirada, que Leví jamás habia visto igual de coherente y de una convicción singularísima. ¿Cómo, si no, la vio Mateo? La narración continúa diciendo: «Él [Leví] dejándolo todo se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor [de Jesús] un gran banquete. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a (a los ya atónitos) discipulos de Jesús. ‘¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?» (Lucas 5, 30). Esa consideración de pecado e impureza legal tenía el sencillo pueblo respecto de los recaudadores al mandato del invasor. Y, hasta cierto punto, era lógica. Pero la mansedumbre de Jesús quiere otra cosa. Claramente, desea cambiar el mundo: «Jesús les respondió: ‘no necesitan médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores a que se conviertan» (Lucas 5, 32). No es fácil imaginar la sorpresa de la gente de alrededor. En aquel banquete no estaría precisamente lo más granado y ortodoxo del pensamiento judío. No es que Jesús lo aprobase, sino que quería sanar lo que estaba enfermo, y contestó cuál era el verdadero deber suyo: el amor a todos sin distinción.

Hay que apuntar brevemente que Caravaggio, para dar mayor realismo a la escena, dibuja a los personajes con ropajes del siglo XVI y que utiliza el recurso de la luz lateral, como un haz, que va de Jesús directamente a Mateo. Podríamos encontrarnos ante una institución bancaria de la época.

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