La vocación de San Lucas

También yo he resuelto escribírtelos por su orden,
ilustre Teófilo, después de investigarlo todo
diligentemente desde el principio (Lc 1, 3)

No he conocido a Jesús pero gracias a eso me pasé horas y horas con María para que me contara todo sobre su hijo. Nadie ha escuchado maravillas como yo y temo no haber sido capaz de reflejar bien lo que ella me fue desvelando. Era como si me contara un secreto, el hallazgo de un tesoro. Todavía resuenan en mis oídos sus palabras. Ya sé que nunca me perdonaréis que apenas cuento cosas acerca de ella. Os aseguro que intenté de todo y fracasé estrepitosamente. Se resistía con mucha dulzura a referirse a sí misma. Siempre ponía en el centro a Jesús. Al final me convencí de que esa era su mejor definición: alguien que mostraba a Jesús sin interponerse, sin mezclas, sin ganga, sin nada añadido. Nunca un espejo ha sido tan fiel.

Leí la vida de Jesús en la mejor fuente: su Madre

Sé que leí la vida de Jesús en la mejor fuente. María dibujó para mí un retrato hiperrealista de su hijo. No se guardó nada. A veces dudaba si era ella quien me lo relataba o estaba allí sucediendo todo. Nadie cuenta historias tan bien. Nadie es capaz de mantener la emoción del oyente como ella lo hace. Nadie te ayuda a sentirte dentro de los hechos con tanta pasión. Puedes percibir el olor del campo, el murmullo de la gente o el silencio de la noche cuando ella te relata con todo lujo de detalles hasta el momento más insignificante de la vida de Jesús. En ella parece que Jesús está vivo. Mejor dicho, lo está. En sus ojos, en su voz, en sus manos, en su sonrisa. Reproduce cada gesto, cada movimiento, cada mirada.

Oír hablar a María de Jesús ha sido un privilegio

Por eso y por muchas otras cosas me considero un privilegiado, una persona tocada por la gracia, más bien inundado por ella. Todo lo que leáis se queda lejos, es demasiado poco comparado con la realidad. Oír a María hablar de Jesús volvería loco al más frío. Cuando me contó su visita a Isabel le pedí que cantara el Magníficat. Nunca mis oídos habían vibrado de esa forma tan suave y profunda. Era como si estuviera oyendo directamente con el corazón. Como si alguien me hiciera perder peso, levantarme sobre mí mismo, disfrutar de un modo de ver la realidad revolucionario: desde la mirada del mismo Jesús y por lo tanto con unos ojos a la caza del menor detalle de cariño para disfrutarlo.

Esos ojos ven también hasta las indelicadezas más minúsculas, pero para olvidarlas cuanto antes. María contemplaba todo y a todos a través de los ojos de su hijo. Quizá por eso le entendía a la perfección, calaba en lo que sentía su corazón desbordado de amor por los discípulos. Ella les quería igual. Eran los amigos de su hijo y estaba muy orgullosa de que le acompañaran.

No sé por qué me eligió, pero estoy encantado

Cuando he preguntado a los discípulos y conocidos por María todo el mundo coincidía en una cosa: estaban convencidos de que eran únicos para ella. Nadie como la Madre de Jesús les había hecho sentirse valorados y útiles. Nadie les pedía ayuda con tanta amabilidad. Era tal que daban ganas de ponerse a sus pies todo el día.

Yo he sido un testigo indigno del mejor relato, corrector desvergonzado de la mejor biografía y embobado receptor de esta historia maravillosa. No sé por qué Dios me eligió pero estoy encantado y no hay nada en el mundo con que pagar lo feliz que me ha hecho.

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