Adoro te devote, latens Deitas (“Te adoro con devoción Dios escondido”) recita el himno que Santo Tomás de Aquino compuso para la fiesta del Corpus Christi. Adorar con devoción la Sagrada Eucaristía es una de las dimensiones imprescindibles de nuestra fe. Une todo nuestro ser con la presencia amorosa de Dios. Esto le lleva a exclamar al Doctor Angélico: “A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte”.

¿Qué es la adoración?

Adorar es reconocer, acoger y contemplar el don de Dios. Este don es la misma entrega de Cristo actualizada en cada Santa Misa y la perpetuación de su presencia entre nosotros en la reserva eucarística.

El término adoración proviene del latín ad-oratio, que implica una oración dirigida hacia alguien con especial intensidad. A su vez, este término traduce el griego pros-kynesis, que puede entenderse como inclinar la rodilla hacia adelante, o postrarse.

Adoramos a Dios con todo nuestro ser, con palabras y gestos. También desde la interioridad del silencio. Así lo entendieron aquellas personas que vivieron con Jesús, las cuales le adoraron y se postraron reconociéndole como su Dios y su Señor (Cf. Mt 8, 2; Mc 5, 6). La adoración es, pues, “la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador” (Cf. CEC 2628).

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Rafael Sanzio (1483-1520): La disputa del Sacramento (detalle), Museos Vaticanos, 1509. La verdad teológica se personifica en la Eucaristía, fuente y cumbre de nuestra fe.

La adoración eucarística

Por tanto, en la adoración eucarística reconocemos a nuestro Dios realmente presente en la Eucaristía. En el Santísimo Sacramento se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo (Cf. Conc. Trento, sesión XIII, cap 8). Pues Él dijo en la Última cena “esto es mi Cuerpo” y “esta es mi Sangre”, “haced esto en conmemoración mía”, con un sentido de permanencia: esto es y seguirá siendo mi Cuerpo y mi Sangre. Así cumple su promesa de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Cf. Mt 28,20).

Adoramos a Dios Eucaristía, en primer lugar, en la celebración litúrgica (actio litúrgica) al recibir con dignidad el Cuerpo Jesús. Nuestra comunión íntima con Dios se manifiesta con los gestos que realizamos en la Misa:

En la liturgia de la Misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor (CEC 1378).

Muchos de estos gestos devocionales comenzaron a introducirse en el ordinario de la Misa con la reforma cluniacense, desde el s. X, para contrarrestar las controversias eucarísticas y elevar el clima espiritual. Algunos ejemplos de lo que se hizo: las campanas suenan fuera de la Iglesia para que el pueblo adore interiormente; las inclinaciones del sacerdote; la elevación de la Hostia consagrada y del Cáliz invitando a adorar utilizando incienso; el toque de campanillas y poniéndose de rodillas.

La genuflexión

Hacer la genuflexión se convierte en la expresión por excelencia de adoración como gesto de humildad ante el Misterio. De esta manera lo hacemos hoy al entrar en una Iglesia dirigiéndonos hacia el Sagrario, en el momento de la consagración, o al estar delante de su presencia eucarística.

Nos dice el Papa Benedicto XVI que «la dinámica de orar de rodillas significa postrarse declarando nuestro límite y manifestando nuestra necesidad de Dios en el cual alcanzamos la verdadera libertad». (Cf. Audiencia general 11-V-11).

BIBLIOGRAFÍA:

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