CHAMPAIGNE, Philippe de El matrimonio de la Vigen c. 1644 Wallace Collection, Londres

Philippe de Champaigne, El matrimonio de la Virgen, 1644, Wallace Collection, Londres

Cuando San Pablo habla acerca del Matrimonio en el quinto capítulo de la Carta a los Efesios, concluye diciendo «Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5,32). En efecto, «los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que significan y participan el misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia» (Lumen gentium, 11), actualizan esa entrega de Cristo y por la Iglesia.

Como no podía ser de otra manera, en la celebración del matrimonio canónico esta entrega también se representa. En el matrimonio celebrado dentro de la Misa quisiera destacar dos momentos: la presentación de las ofrendas y la bendición nupcial. El Ritual de la reforma del Vaticano II prevé varias opciones para que sean los mismos cónyuges junto con el sacerdote quienes elijan aquellos textos que mejor se adapten a su sensibilidad y a su situación.

1. Presentación de las ofrendas

El ofertorio es el momento de la Misa en el cual el sacerdote «ofrece» a Dios los dones del pan y el vino que más tarde habrán de ser consagrados. En el ritual del matrimonio se prevé la posibilidad de que sean los novios quienes lleven al altar el pan y el vino. En otros casos este servicio tan expresivo pueden realizarlo otras personas. No se trata de un mero acto exterior, sino que es manifestación externa de la actitud interior de acercarse al altar para ofrecer la propia persona. Los dos cónyuges se ofrecen a Cristo, pues es precisamente en su entrega a Cristo como ellos podrán entregarse recíprocamente.

Además, del pan y del vino ofrecidos, una vez sean consagrados y pasen a ser Cuerpo y Sangre de Cristo, estos cónyuges pueden comulgar bajo las dos especies.

2. Bendición nupcial

Una vez que se ha rezado el Padre nuestro, en el rito romano siempre se sitúa esta bendición que nunca puede omitirse, por su expresividad y por su particular intercesión por quienes celebran su matrimonio. Sustituye a las oraciones «Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos…» y «Señor Jesús, que dijiste a tus apóstoles…«, que normalmente constituyen el embolismo (o desarrollo de la última petición del Padre nuestro).

Al situarse en este momento tan particular de la Misa, quiere subrayarse que el sacramento del matrimonio se incluye en el misterio de la unidad y amor de Cristo y su Iglesia, que llega a su expresión más significativa en la comunión eucarística.

Para esta bendición, el sacerdote invita a todos los presentes a un momento de silencio orante. Luego los esposos se arrodillan o acercan al altar en un gesto de respeto y humildad. Para finalizar, el sacerdote invoca al Espíritu Santo con las manos extendidas sobre ellos.

Se hace especial énfasis en la bendición de la esposa, pero también en los deberes del esposo. Se pide para que los nuevos cónyuges sean ejemplares, tengan un matrimonio fecundo (con hijos y nietos) y disfruten de una larga vida y, con la perspectiva escatológica propio de la liturgia, para que alcancen la gloria del cielo.

De esta manera, en el ritual del matrimonio dentro de la Misa se puede comprobar cómo el matrimonio, siendo algo propio del ser humano, tiene una marcada dimensión religiosa y espiritual, es un misterio referido a Cristo y a su Iglesia.

 

BIBLIOGRAFÍA:

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1601 y ss.

Constitución dogmática Lumen gentium.

J. L. Gutiérrez, Liturgia. Manual de iniciación, Rialp, Madrid 2006.

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