Un poco de historia…

Hasta nuestros días resulta difícil indagar en los orígenes del Canon romano por la falta de fuentes documentales (literarias y arqueológicas). El primer testimonio indirecto más completo que habitualmente se menciona es la obra de San Ambrosio de Milán, De sacramentis (s. IV). Allí encontramos algunas oraciones que se diferencian muy poco de las actuales. Hay quienes discuten si el uso litúrgico del Canon era exclusivo de Milán o también en Roma; otros sostienen que todo parece apuntar a que había un esquema en uso que compartían las sedes de Roma y Milán. Según algunos libros litúrgicos del s. VI, se pueden atribuir algunos fragmentos al Papa Alejandro (105-115), y a San León Magno (440-461).

En cuanto a la estructura de las oraciones, en tiempos del Papa San Gelasio (492-496) encontramos ya un esquema fijo, que quedó en su forma definitiva con el Papa San Gregorio (590-604). Los ejemplares completos que han llegado a nosotros proceden de las Galia y de Roma. Sabemos con certeza que en el s. VIII, el Canon es difundido en la Galia: recogido en el Sacramentario Gregoriano Adrianeo, fue enviado por el Papa Adriano I a Carlomagno en el año 794. A partir del s. IX-X su uso se extiende a toda la Iglesia latina.

Una conclusión de estas pinceladas de historia es que, al menos desde el s. IV, tenemos noticia del Canon. Además es probable que haya una fuente anterior para el Canon: por las fuentes del Norte de África (de las que existen restos en las anáforas Galicanas y del rito Hispano) podemos suponer la existencia de una paleoanáfora común a todas las tradiciones latinas, cuyo uso puede testimoniarse en la iglesia afrorromana del s. III. Asistimos a una extensión cada vez mayor de la codificación romana, que resalta, desde los hechos históricos, el prestigio de la sede de Pedro.

En la Octava de Pascua…

En esta semana la Iglesia mira con predilección a los cristianos que han recibido los sacramentos de la iniciación cristiana en la Vigilia Pascual. En las plegarias eucarísticas se les menciona expresamente para interceder por ellos. También el Canon Romano tiene unos textos propios para estos días que relacionan el misterio celebrado (la Resurrección) y a los recién nacidos a la vida nueva (neófitos):

“Reunidos en comunión con toda la Iglesia para celebrar el día santo de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo según la carne, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María (…)”.

Con la conciencia de estar en comunión con toda la Iglesia (del cielo y de la tierra), extendemos el día santo de la resurrección de Cristo a toda su octava. El fundamento de nuestra fe –como decía San Pablo (1 Co 15,12ss.)– supera los límites de un día, se extiende a su octava y a cada domingo que se convierte en Pascua semanal durante todo el año. Asimismo, nos une a nuestros hermanos en la fe de tantos siglos atrás.

“Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, que te presentamos especialmente por aquellos que has hecho renacer del agua y del Espíritu Santo, perdonándoles todos sus pecados (…)”. Antes de la narración de la Institución, la comunidad cristiana intercede por los recién nacidos con la imagen evocadora del encuentro de Jesús y Nicodemo (Jn 3,5). También los demás bautizados renovamos nuestras promesas bautismales en la Vigilia: junto a la promesa, el agradecimiento.

FUENTES:

A. Jungmann, El sacrificio de la Misa, BAC: Madrid 1961.

V. Raffa, Liturgia eucaristica. Mistagogia della Messa: dalla storia e dalla teologia alla pastorale pratica, Roma: CLV-Edizioni Liturgiche 1998.

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