"Tarsicio y los leones", un libro sobre los primeros mártires narrado para niños

26/02/2024 | Por Arguments

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Ramón Díaz Perfecto (Pamplona,  1996) ha escrito en Alexia Editorial la novela "Tarsicio y los leones", dirigida fundamentalmente al público juvenil e infantil,  acerca de la vida de este joven romano que dio su vida por ser coherente con fe.

Como el propio autor describe en la Sinopsis: "Me llamo Tarsicio y te recomiendo que dejes de leer esta contraportada cuanto antes. Pero, por si eres de una de esas personas a las que no les importa que les destripen las historias, ahí te va: Nací en Roma hace mucho tiempo, en una época en la que la diversión típica de un niño de mi edad era ir al Coliseo a ver leones devorando gente, cristianos a poder ser. Salvo por ese pequeño detalle, no creo que tu vida y la mía sean muy diferentes. Voy al colegio, me gusta hacer deporte y tengo dos amigos que no cambiaría por nada en el mundo. Los cristianos como yo vivíamos bastante tranquilos hasta que, un día, el emperador se levantó con dolor de cabeza y decidió que se había cansado de nosotros... Pero es que ya estamos entrando en spoilers, así que me callo. Mejor ponte a leer el libro, que es mucho más interesante que este rollo que te estoy contando".

¿Quién fue san Tarsicio y qué es lo que te inspira de su vida que te llevó a escribir Tarsicio y los leones?

San Tarsicio fue un mártir romano del siglo III. En el año 258, el emperador Valeriano proclamó un edicto según el cual todos los obispos, presbíteros y diáconos debían ser inmediatamente ejecutados. En medio de estas circunstancias, el joven Tarsicio recibió el encargo de llevar la Eucaristía a unos prisioneros que aguardaban el martirio. Con sus apenas doce o trece años, se esperaba que pasara desapercibido a la atenta mirada de los carceleros. Mientras se dirigía hacia su objetivo, fue sorprendido por unos chicos paganos que le pidieron que les entregara lo que llevaba encima. Tarsicio se negó a «entregar las perlas a los cerdos», según las palabras del Papa Dámaso. En su intento por arrebatarle el tesoro, los paganos acabaron golpeándolo hasta la muerte. ¿Qué fue lo que me inspiró? Que Tarsicio entregó su vida para proteger la Eucaristía a una edad en la que mi mayor preocupación era aprobar francés. Con apenas doce años, entendió que el tesoro que custodiaba no era simplemente algo santo, bueno y precioso, sino el mismísimo cuerpo de Cristo, y que era preferible recibir una pedrada a permitir que fuera profanado. La madurez de fe que Dios le concedió a una edad tan temprana me parecía fascinante.

San Tarsicio es un personaje de los primeros siglos del cristianismo del que sabemos poco. Imagino que tuviste que hacer un trabajo de investigación, ¿nos puedes contar brevemente el proceso de génesis del libro?

La información que nos ha llegado sobre este santo es, efectivamente, escasa, pero lo que sabemos sobre los primeros cristianos es mucho. Mi profesor de arqueología, Javier, y los estudios de algunos académicos me ayudaron a meterme en el día a día del siglo III: de qué estaban hechas las galletas que desayunaban y si comían jamón serrano; cuándo iban al foro y cómo eran sus casas. He querido contar la historia de un chico normal, con una familia normal, que va a una escuela normal; al que le cuesta levantarse temprano para ir a misa y se enfada con sus hermanos pequeños. Puede que las circunstancias hayan cambiado, pero el hombre sigue siendo el hombre, con sus penas y sus glorias, hoy y en el siglo III. Esto es lo que nos permite seguir disfrutando de historias que sucedieron en momentos tan alejados en el tiempo.

¿Cómo se cuenta a un niño la historia de un martirio?

No debería ser más difícil que contársela a un adulto. La muerte del mártir solo se comprende a la luz del amor que la inspira, y el amor de los niños a veces es más puro que el de los mayores. Recuerdo que, cuando era pequeño, no me gustaba el vino, pero también recuerdo que mi comida favorita era el chuletón. De vez en cuando algún pariente decía: «No le des chuletón al crío, que no lo sabe apreciar. Que se conforme con una hamburguesa de McDonald's». ¡Pero yo sí que sabía apreciar! Con este ejemplo tan tonto lo que quiero decir es que muchas veces los niños entienden más de lo que suponemos. Evidentemente, hay asuntos complejos que les superan. Pero el amor no es complejo, sino sencillo, y la historia de todo martirio es una historia de amor. Cuando entra la lógica del “adulto”, el martirio deja de tener sentido: ¿Para qué entregar la vida? ¿No sería mucho más eficiente salvarla y seguir haciendo otras grandes obras de caridad? Un niño no se plantea esas disquisiciones; un niño entiende sin problemas que Tarsicio eligió la mejor parte.

¿Cuál ha sido hasta ahora la reacción de los lectores?

A mi madre le ha parecido el mejor libro de la historia, pero ¿qué otra respuesta cabía esperar? Aparte de familiares y amigos, me han llegado ecos de muchas personas que lo han leído y les ha encantado; que han reído y han llorado. Pero lo que más alegría me da con diferencia es escuchar historias de chavales a los que el libro les ha ayudado a amar más la Eucaristía. Hace poco me contaron de una chica que, durante su convalecencia en el hospital, había pedido recibir la comunión todos los días, porque quería amar a Jesús igual que san Tarsicio. ¿Qué más puede esperar un escritor?

El libro abre con una cita del Evangelio: «Bienaventurados los que ahora lloran, porque reirán». ¿A qué aspecto de la historia hace referencia?

La idea de abrir el libro con esa frase surgió muy al principio del proyecto. Pienso que define a la perfección la esencia de la historia, porque define a la perfección la esencia de cualquier historia que tenga a un mártir como protagonista. Nietzsche acusó al cristianismo de haber acabado con la alegría de la vida. Y supongo que podría utilizar Tarsicio y los leones para reforzar su tesis:  ¡Un libro para niños en el que el protagonista muere apedreado! ¡Qué manera de matar la felicidad! En realidad, pienso que la vida es igual de dura para todos, cristianos o no. La diferencia es que nosotros sabemos que todas las tristezas de este mundo son nada en comparación con lo que nos aguarda, y gracias a esa esperanza podemos ser, ya ahora, más alegres que los que viven con la mirada pegada al suelo. En el libro imagino a Tarsicio como un chaval alegre y divertido, que se lo pasa bien con sus amigos, que bosteza en las homilías del presbítero y se enfada con el compañero pagano que se burla de su fe. A la vez, todos estos eventos tan cotidianos tienen como telón de fondo el edicto del emperador Valeriano. Muchos parientes y amigos de Tarsicio han sufrido persecución y martirio. No creo que circunstancias de este tipo llevaran a los primeros cristianos a tener un carácter apocado, a ser personas incapaces de disfrutar de la vida, abrumadas por el peso de una responsabilidad demasiado grande para sonreír. No. Pero tampoco los imagino como unos inconscientes ante el dolor. Prefiero pensar a Tarsicio como un santo con la madurez suficiente para llorar la muerte, y la sencillez necesaria para reír la vida; como alguien que entendió que la felicidad en esta tierra nunca es completa, pero que la vida eterna comienza ahora. Algunos me han dicho que leyendo el libro han tenido ganas de reírse y de secarse las lágrimas por momentos. Y me alegro mucho porque es algo que buscaba: reflejar que en esta vida hay épocas mejores y peores que otras, pero que lo habitual es que lo triste y lo alegre marchen entrelazados, a veces incluso en el mismo día.

Aparte del protagonista, ¿nos puedes hablar de algún otro personaje y qué podemos aprender de él?

Aparte de Tarsi, mis personajes favoritos son sus dos amigos inseparables, Tonelete y Lucía. La suya es una amistad pura, desinteresada, más típica de la infancia que de la madurez, pero que debería ser el ideal también para los mayores. Esto no quiere decir que sea una amistad boba. La sombra de la persecución enrecia el carácter de estos chicos, pero sin hacerles perder su sencillez. Tonelete es un antihéroe regordete, cuyas dos pasiones son comer y pensar. Él es el apoyo incondicional de Tarsi. El que va a estar ahí en las buenas y en las malas. El que comprende cómo se siente. El que nunca se va a enfadar y por el que Tarsicio daría su vida. Es pagano, y representa al filósofo del mundo antiguo que busca sinceramente la verdad. De los tres, Lucía es la única con un poco de sentido común. Ella tiene un carácter más apacible que Tarsicio, y es la que le ayuda a bajar los pies a la tierra cada vez que se imagina en el Coliseo luchando con los leones, ofreciendo su vida en testimonio heroico de la fe. Gracias a ella, Tarsicio va descubriendo que el martirio no es una hazaña que se conquista con las propias fuerzas, sino un regalo inmerecido, y que no puede aspirar a ser santo quien no es capaz de perdonar al compañero pagano que se burla de su fe.

Un libro sobre la historia de los primeros mártires contado para niños.

¿Dos virtudes que creas que caracterizan esta historia?

Déjame decir tres: fe, esperanza y caridad. Pienso que son las tres virtudes que cambiaron el mundo antiguo, y cualquier novela sobre los primeros cristianos girará necesariamente en torno a ellas. Sin su presencia, las acciones de los protagonistas de esta historia carecerían de sentido. Serían locos descerebrados. Y supongo que algo así podrían haber pensado en ocasiones sus conciudadanos paganos. En el libro se narran martirios, y muchos de los diálogos están basados en actas de los primeros siglos. Son conversaciones que manifiestan una esperanza muy profunda en un mundo invisible; una fe en que el nuestro es un Dios por el que vale la pena entregar la vida, porque la muerte no es el final; porque toda la fuerza, el poder y la pompa de Roma son nada en comparación con el imperio de Cristo. ¿Por qué no salvarse quemando un granito insignificante de incienso? Porque, a veces, el precio a pagar por salvar el pellejo no es solo un granito, sino toda una vida de felicidad.

Mártir significa “testigo” en griego. ¿Cuál crees que es el valor del testimonio en la transmisión del mensaje cristiano?

Dar testimonio es, en mi opinión, la expresión que mejor describe la misión del cristiano. Lo dice el mismo Jesús: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad». A veces se tiende a reducir el testimonio al comportamiento exterior; a lo que la gente percibe del cristiano desde fuera, al margen de lo que este predique. En realidad, dar testimonio significa afirmar la verdad, y esto se puede hacer de muchas maneras. No hay que olvidar que Jesús dice esta frase cuando está siendo juzgado precisamente por las palabras que han salido de su boca: «Yo soy el Mesías», «yo soy rey», etc. Los cristianos no solo estamos llamados a dar buen ejemplo, sino a anunciar la salvación a todos los hombres. Estos dos aspectos de la misión –predicación y coherencia de vida– no deben entenderse en clave dialéctica. Más bien es preferible pensar que la palabra predicada es causa de la coherencia de vida, de modo similar a como el alma es causa formal del cuerpo, o a como Dios transforma el mundo a través de su Verbo creador. Los cristianos estamos llamados a dar testimonio de la verdad demostrando que la palabra tiene un poder transformador, en primer lugar, en nuestra propia alma. Tarsicio es un ejemplo de esto. Al proteger la Eucaristía con su vida, está demostrando que su fe en la presencia real de Cristo transformó su corazón, hasta el punto de llenarlo de un amor tan grande que fue capaz de «entregar la vida por sus amigos».

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