«En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada»«, (Lc 10,38-42)

 

La mejor parte…

La mejor parte. No una buena, ni siquiera muy buena. La mejor. Eso es lo que me ha tocado. El por qué no es nada fácil saberlo, pero es muy sencillo disfrutarlo. ¡Qué lo estudien los expertos y rabinos…! Sus palabras fueron claras y distintas. Me tocó la mejor parte y Jesús la defendió contra cualquiera que quisiera quitármela. ¿Alguien ha tenido un defensor tan eficaz? 

Ya os imagináis con qué cara miré a mi hermana cuando Jesús lo dijo y qué mirada tan expresiva me devolvió. Jesús lo advirtió y la miró de tal forma que se le pasó inmediatamente el enfado. Se dio cuenta de que su parte también era la mejor. Es un misterio pero cada uno tiene la mejor parte. Dios es eternamente justo y no hace distinciones arbitrarias. 

¡Qué feliz soy con mi parte! ¡Cómo disfruto recordando aquellos años en que Jesús y su madre venían con mucha frecuencia! ¡Qué sobremesas gozábamos charlando de todo y de nada, riendo y llorando, sintiéndonos amados por Jesús de una forma nueva y exclusiva!

Cada uno es único para él

Cada uno de los tres era único para él. Es curioso pero no sentíamos nada de envidia y eso que Jesús trataba a cada uno con detalles muy exclusivos. Nos alegraba mucho comprobarlo. Con él es muy fácil rechazar la envidia, la tristeza, las comparaciones y los celos. Cerca de él te sentías la única, la mejor, la más amada, la predilecta. Es como si diera un valor diferente a lo que eres y no sientes que lo bueno de los demás compita por acaparar su cariño. Al revés, te alegras al descubrir cómo querer también de forma irrepetible a tus hermanos, amigos y conocidos. 

El amor de Jesús es así: muy especial, muy rico y muy fácil. ¡Es sencillísimo dejarse querer por alguien así! No exige, no reprocha, solo invita pero es uno el que quiere corresponder como sea. Cuando te ama no lo hace desde arriba ni desde fuera. No te hace ver tu pequeñez. La eleva, la llena de dignidad. Eres consciente de ella pero no te sientes pequeño porque él te hace ver el valor de tu vida a sus ojos. Todo cobra el color de su mirada: la más amable, la más delicada y la más estimulante. 

Jesús es mi tesoro, pero Marta es el cofre

Yo no podía apartar mis ojos de él. Quería escuchar todas sus palabras, sus silencios y su respiración. Marta no paraba de entrar y salir con mil cosas y resoplaba continuamente. Intuyo que ni la miré y eso no debió de gustarle. Jesús estaba tan feliz con mi atención como con la delicadeza de Marta para tener todo apunto. Le debo a mi hermana mi vocación, el momento más grande de mi vida y el amor que me quema el corazón. Nunca podré pagarle lo que hizo esa noche. Dejarme a solas con la mejor parte. Ella tenía su mejor parte pero respetó el deseo de Jesús con una alegría que me lanzó a dejarlo todo por él. Sin su ejemplo, su ayuda y su visión pegada a la tierra yo no sería tan feliz. Jesús es mi tesoro, pero Marta es el cofre sin el cual no podía guardarlo y disfrutarlo. 

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