La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación de hombre a la comunión con Dios.

Se nos plantea, frecuentemente, la vocación cristiana como una especie de yincana que el hombre debe realizar para agradar a Dios, o como una especie de visión única que Dios tiene de nuestra vida y, ¡ay si no la cumplimos! No obstante, como dice el concilio, la vocación cristiana es la vocación del hombre: Dios nos llama a la alegría, a la felicidad con él. La Iglesia afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. (GS 18)

El deseo natural de felicidad de todo hombre es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él. Él es el único que lo puede satisfacer. (Catecismo de la Iglesia católica 1718). Sin embargo, son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre: el afán de riquezas, el placer, el éxito, el poder…. A raíz de pecado original, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. (GS 10)

La vida humana se presenta como cierta lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. (GS 13) Pero Cristo viene en persona para liberar y vigorizar al hombre. Por su Pasión, Cristo nos liberó del demonio y del pecado. De tal manera que quien cree en Cristo es hecho hijo de Dios. Esta adopción filial, por el bautismo, nos transforma dándonos la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo.

“Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22,2). Dios llama a la persona humana, “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma”, a su propia bienaventuranza. (Catecismo de la Iglesia católica 1703-1719). Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Nos enseña que la verdadera dicha reside sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor.

Las Bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús, y responden al deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre, y nos enseñan el fin último al que Dios nos llama: el Reino, la visión de Dios, la participación en la naturaleza divina, la vida eterna, la filiación, el descanso en Dios. (Catecismo de la Iglesia católica 1726).

Join the discussion One Comment

Leave a Reply