La santidad no es un privilegio para algunos,
 sino una obligación para todos,
«para usted y para mí».
 —Santa Teresa de Calcuta—

En un sitio, el sendero que seguían Francisco de Asís y el hermano León cruzaba un camino que los campesinos de la montaña y de las cabañas de alrededor usaban para bajar o subir con sus carretas. Uno de ellos bajaba justamente en ese momento. Iba al lado de dos grandes bueyes atados a su carro. Era Paolo, un campesino bajo, gordo, con la cara roja y mirada de niño bueno.

—Buenos días —gritó al ver a los dos hermanos.
—Muy buenos días, Paolo —respondió el hermano León.
—Es siempre una honra para mí encontrar a los frailes —dijo el campesino.
—¿Qué, se baja al pueblo, Paolo? —preguntó León.
Qué se va a hacer —respondió el campesino. Los bueyes tienen necesidad de herrarse, la carreta hay que arreglarla, y yo —añadió sonriendo—, tengo necesidad de un golpecito de vino.

Esta declaración tan simple, y lo bonachón del hombre, divirtieron a Francisco que se puso a reír.

Vaya, Paolo —dijo—, está bien; al menos eres sincero. Un traguito de vino no te hará mal. Pero cuidado, ¿eh? No los vayas a multiplicar demasiado.
El campesino reía de buena gana. De repente, mirando fijamente a Francisco, se puso serio.—Pero ¿no eres tú el hermano Francisco?
Soy yo —respondió simplemente Francisco.
—Pues bien —dijo el campesino, en un tono casi confidencial, golpeándole amistosamente en el hombro—. Trata de ser tan bueno como se dice. Mucha gente ha puesto su confianza en ti; es preciso no decepcionarlos.
Dios solo es bueno, Paolo —dijo Francisco—. Yo no soy más que un pecador. Escúchame bien, amigo: si el último individuo hubiera recibido tantas gracias como yo he recibido, me pasaría cien codos en santidad.
—Y yo —contesto Paolo bromeando—, ¿también puedo llegar a ser santo?
Pues claro, Paolo —dijo Francisco—. A ti también te quiere Dios. Tanto como a mí. Basta con creer en ese amor para que se te cambie el corazón.—¡Ay!, nosotros estamos bien lejos de todas estas cosas —contestó el labriego—. Tendrás que venir a vernos. Buena falta nos hace. Hala, hasta pronto.

Y con una mano dio un golpe sobre la grupa de los bueyes para hacerlos andar, mientras que con la otra decía adiós a los hermanos.

Cuando desinflados en nuestros buenos propósitos, el desaliento nos invite a abandonar la lucha permanente por la mejora continua, y nos preguntemos: ¿Yo puedo? La respuesta es inequívoca y diáfana:

—¡Sí, puedes! Y debes.

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