A Remedios Vizcarroz le gustaba mucho salir de fiesta… y los tacones. Tenía un novio ingeniero, de 1,85 y que jugaba a baloncesto. Pero ha renunciado a todas estas cosas desde el pasado 2 de febrero, día en el que entró en la clausura del convento de las Carmelitas de Zarautz (Guipúzkoa) para empezar una nueva vida. Sin tacones, sin novio y sin salir de fiesta: una vida dedicada a Dios.

Nacida en Guinea Ecuatorial llegó a España con 16 años junto a sus padres y hermanos. Su familia no era de los que van a misa todos los domingos, acudían a misa en las ocasiones importantes, como Semana Santa o Navidad. De hecho, en la familia la que rezaba era su abuela.

Cuando llegó a España empezó a vivir en Madrid, pero se trasladó a Ávila a estudiar Enfermería en la Universidad Católica de Ávila, porque quería ayudar a los demás, cuidar a los demás. Allí participaba en el grupo de Misiones de la universidad y empezó a frecuentar la misa del domingo. Descubrió el trato con Jesús y comenzó a rezar.

A pesar de haber estado en contacto mucho tiempo con las Cruzadas de Santa María (consagradas en medio del mundo) nunca tuvo la sensación de que ese fuera su camino. Sentía más bien que la clausura era lo suyo.  Siguió avanzando en su discernimiento y viajó con el grupo de Misiones UCAV a Chile. Allí visitaron a las monjas de clausura de Santa Teresa de los Andes, donde se decidió a darse por entera a Jesús. Había visitado otros conventos de clausura anteriormente pero allí se dio cuenta de que quizá no podía cuidar a todo el mundo siendo monja, pero sí que podía rezar por todo el mundo.

 

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