Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén 2 preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2, 1-2)

¿Que por qué dejé todo por una estrella? Porque era «la» estrella. Si la hubierais visto como yo, os aseguro que habríais hecho lo mismo. Vaya joyita!!! Era todo futuro, todo proyecto, todo posibilidades. No había nada seguro, pero eso también tenía su atractivo. Incluso para mí, que soy un científico y no me dejo llevar fácilmente por la emoción. Nunca había visto nada parecido, nada tan precioso. Nunca había sentido tanta libertad. La estrella estaba allí pero no se imponía. Si dejaba de mirarla un rato, luego me costaba volver a encontrarla. Era tan pequeña, tan insignificante, que eso me atrajo más. No era deslumbrante, no ostentaba su brillo, su fuerza, sus millones de vatios, su fusión nuclear… Era una posibilidad más, una invitación para un aventurero, para un corazón al que le parecía muy poco lo que hacía. Siempre he tenido ganas de más. Mi madre ya lo decía, y las madres nos conocen mejor que nadie: hijo, tienes que encontrar algo grande en la vida porque si no te vas a marchitar.

Los libros que hablaban de la estrella no eran claros ni coincidentes. Nos habíamos pasado discutiendo horas y horas. Sin embargo, creo que los tres teníamos una idea común. En cuanto apareciera la seguiríamos. Las dudas eran dónde y cuándo pero lo que estaba claro era que se trataba de la señal, el momento clave de la historia y no queríamos perdérnoslo. Era una oportunidad única que no se repetiría. Eso nos hacía esperarla con más ganas cada día. Llegó un momento e que empezamos a hacer turnos para vigilar el cielo. Los tres somos muy inquietos pero yo claramente me llevo la palma.

Nada más aparecer la estrella ya estaba montado en el camello diciendo que llegábamos tarde. Baltasar que es muy previsor estaba preparando las provisiones y Gaspar que es todo delicadeza fue a por los regalos. Al principio pensaba que no les importaba tanto como a mí pero pronto me di cuenta de que me sacaban varios pueblos de diferencia: yo que me creía el que más ansiaba llegar al Rey de los judíos. En el viaje a veces hablábamos pero muchas veces callábamos y rumiábamos nuestros sueños sobre lo que supondría para la humanidad el Mesías, el ansiado Rey de los judíos.

Yo esperaba encontrarme con algo que saciara mi sed, mi inquietud, mi inconformismo. Tengo que reconocer que me bloqueó lo que vi. Un joven matrimonio muy sencillo pero con una presencia real, noble, tan distinguida como no había visto en mi vida. Y en los brazos de María, un niño pequeño, diminuto, sin ningún símbolo de realeza. Normalísimo, vulgar diría si no me pareciera casi una blasfemia. De nuevo se repetía lo que había sentido al ver la estrella: una sensación de libertad tremenda. Ese niño me insinuaba, me invitaba suavemente a ponerme a sus órdenes, a entrar en su corazón, a dejarme querer por él, a dejarme vencer por su fragilidad. Esa era el arma que blandían sus ejércitos: su timidez, su respeto exquisito de mi voluntad, de mi libertad, de mi decisión. Nunca antes me había lanzado a algo tan rápido y eso que soy un atolondrado. Allí descubrí lo que mi corazón llevaba años, toda una vida, buscando. Era justo lo contrario de lo que me imaginaba pero lo había encontrado por fin. Mi imaginación, tantas veces desatada, nunca había llegado a soñar una sorpresa así, un Rey tan frágil, un gobernante tan vulnerable, un amor tan respetuoso y delicado. Eso me cautivó y me ha dejado una luz y una alegría en el alma que crece cada día.

La estrella ha desaparecido, he vuelto a Oriente pero ahora estoy a las órdenes del Rey de Reyes y su amor me acompaña, me sostiene y me empuja. No sé cómo acabará todo esto pero he aprendido a no hacer planes y a dejarme sorprender. Es más sencillo pero sobre todo me hace muy feliz.

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