Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano (Lc 17, 15-16).

No sé si conseguiré expresar lo que siento: a veces tengo la sensación de que me va a explotar el corazón de alegría. No tenía un trozo de mi carne sana. Era una llaga andante. En realidad me arrastraba. Me daba tanto asco a mí mismo… Pero de repente un día oí hablar de Jesús, de sus milagros, de sus palabras que expulsaban demonios y me emocioné soñando que quizá él podría curar todo mi dolor, toda mi frustración, toda mi soledad. Eso era lo que más me pesaba: estar solo, ver cómo los demás se apartan, huyen, desaparecen a tu paso. No podía ayudar a nadie, no podía querer a los demás.

Fue la primera vez en muchos años que no me sentí sucio

Jesús no se apartó cuando le salimos al encuentro, mejor dicho cuando le asaltamos. No puso ninguna cara de rechazo, no se inquietó ni se sorprendió. Al revés, parecía que le hacía ilusión, que nos estaba esperando: qué había venido solo para buscarnos a nosotros. Tuve la sensación de que llevaba toda la vida esperándome y que me miraba de una forma especial, con cariño e incluso diría que con admiración. Fue la primera vez en muchos años que no me sentí sucio, repugnante, aunque todas mis llagas seguían allí. No me cabía en la cabeza que alguien no apartara la vista. No me parecía mal cuando lo hacía la gente. Estaba acostumbrado y lo comprendía. Yo habría hecho lo mismo.

… ya sabían que nada iba a cambiar

Jesús solo nos dijo que fuéramos a ver a los sacerdotes. En el camino cundió la desesperación. Los otros nueve a una empezaron a decir que había sido una idiotez pedirle ayuda. Todos coincidían en que ya sabían que nada iba a cambiar. Se culpaban por haberme hecho caso y haber confiado en Jesús: un visionario más, un loco sin fundamento. Me impresionó que nadie hubiera percibido la mirada de Jesús, su cariño. De algún modo yo estaba ya curado. Jesús me había devuelto algo mucho más importante y valioso que una piel sana. Me había curado en lo profundo del corazón. Me había regalado un motivo para vivir, una razón para esperar, un corazón para descansar.

Jesús me hizo comprender que mi enfermedad no me hacía menos digno. Me reparó de golpe toda mi capacidad de amar y ser amado.  Interiormente estaba lleno de agradecimiento. Un segundo de su mirada había reconstruido toda la confianza en mi misión, un muro contra cualquier duda. Me confortó sin medida. Me sanó inmediatamente y me hizo ver cuánto bien podía hacer a los que estaban como yo enfermos.

Necesitaba volver a ver su mirada

Entonces se hizo un gran silencio. Uno a uno fuimos cayendo en la cuenta de que estábamos curados pero nadie se atrevía a decirlo en alto. Todos temían la reacción de los demás. Yo estaba loco de contento y no podía callar. Alguno llegó a cuestionar que hubiera sido Jesús. Entonces me di media vuelta y corrí hacia el lugar donde lo encontramos. Necesitaba volver a ver su mirada, sentir sus ojos sobre mi carne limpia, su caricia en mi corazón atribulado hasta hacía unos minutos. Necesitaba agradecerle tanto cariño. Jesús al verme llegar dejó todo lo que hacía y me abrazó. Vi en sus ojos un brillo de orgullo y diría que incluso agradecimiento. Sabía que me había curado el corazón y para él eso era mucho más importante. Me había llenado de paz.

¿Y los otros nueve? Me preguntó. Dales tiempo Señor, ¡¡¡vendrán seguro!!! Nadie puede resistirse a tanta alegría y tanto cariño.

Entradas relacionadas