Andrés, hermano de Simón Pedro,
era uno de los dos que oyeron a Juan
y siguieron a Jesús (Jn 1, 40)

Siempre he sido el hermano de Pedro, pero a lo mejor no sabéis que yo encontré primero a Jesús. Mejor dicho, Él me buscó a mí primero. Su forma de elegir es muy curiosa. Pedro era mayor que yo, mucho más inteligente y sobre todo más piadoso. Hablaba del Mesías antes de conocer a Jesús con una fuerza y un cariño que arrastraban. Por eso me sorprendió tanto que Jesús me buscara a mí. Estuve a punto de preguntarle si ya había hablado con Pedro, pero no me dio tiempo.

… como si tuviera prisa por encontrarme a mí

Fue todo tan sorprendente y desconcertante que se me olvidó todo, salvo que había encontrado al Mesías el primero de todos. Era como si tuviera prisa por encontrarme a mí, como si la redención solo pudiera empezar conmigo. Es incomprensible, no tiene explicación, no entra en la cabeza de nadie. Solo lo puede explicar la forma de querer de Dios. ¿Quién iba a elegir a alguien como yo? Solo Dios podía hacerlo y lo hizo. Me encanta. Qué suerte tengo.

… ahora era el protagonista

Encontrarme con Jesús ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Fue un día hacia las cuatro de la tarde: lo recuerdo perfectamente. Iba con Juan. Ya veis que siempre me toca con los cracks. Jesús me miraba fijamente. Parecía como si no viera todo lo demás. Yo, que siempre era el segundo, «el hermano de», «el primo de»…, ahora era el protagonista. Yo también me olvidé de todo los demás. Entendí en ese momento con claridad que las comparaciones no sirven para nada.

Cada uno éramos únicos para Jesús: incluso yo. Dejé de competir y la vida se me hizo mucho más fácil. Ya no tenía que ser el primero, porque comprendí que lo era para Jesús. Se acabó agotarme. Disfrutaba de todo: incluso cuando Pedro triunfaba o Juan y Santiago iban con Jesús en las grandes ocasiones. Yo tenía mi puesto en su corazón y era el mejor sitio. Nadie podía ganarme ahí. Qué paz después de pelear tantos años por hacerme un hueco entre los grandes.

… solo tenemos cinco panes y dos peces

Quizá por eso, ya no me importaba decir lo que pensaba, aunque fueran ideas peregrinas. Aquel día en que no teníamos comida para alimentar a miles y miles, cuando dije que teníamos cinco panes y dos peces todos me miraron diciendo: «No puede ser tan corto, es broma». Jesús me miró como siempre, atento a mis palabras. Les miró a todos y calló sus comentarios en un abrir y cerrar de ojos. Tomó los panes y los peces y dejó a todos estupefactos: «¡Hala!, a repartirlos», nos dijo. Yo estaba encantado. Iba cantando una canción de pescadores que dice: «En el mar hay peces grandes a millares…». Jesús de sirvió de los míos para dar de comer a la multitud. ¡Mis redes ya nunca estarán vacías!

 

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