Querido Lucas:

Cuánto tiempo he buscado este hueco para escribirte con calma lo que me pides. No tengo ninguna excusa para no haberlo hecho antes. Ya sabes que me lío con lo más sencillo y termino haciendo todo siempre al final y corriendo.

María es la mejor alumna del Maestro. Me atrevería a decirte que, en parte, ha ido por delante de Él. Me pides que te cuente cómo son sus manos. Son sobre todo pequeñas. Yo la conocí en el Calvario. Nunca antes la había visto. Debimos de subir a aquel lugar tremendo más o menos a la vez, pero no recuerdo haberme fijado en nadie más que en Dimas mientras subíamos. Coincidimos allí por una suerte parecida. Las dos teníamos a nuestro hijo clavado en una cruz. Sin embargo, había una diferencia abismal. Mi hijo era culpable, y el suyo absolutamente inocente. Mi hijo habría usado, si pudiera, sus habilidosas manos de ladrón por librarse de aquel tormento. En cambio, el suyo las tenía clavadas al madero porque no quería separarse de la Voluntad de su Padre. Yo estaba desesperada y María, aunque lloraba y sufría tanto como yo, parecía llena de esperanza.

Entonces sucedió lo que nunca olvidaré. María puso su mano en mi hombro al llegar al Calvario. Me abrazó y entonces sentí que el suelo desaparecía debajo de mis pies. Al llegar a la cima y contemplar semejante crueldad casi me caigo para atrás, pero María me sostuvo con sus manos. Inmediatamente me sucedió algo que no he sabido nunca explicar con coherencia. Al ver su mano sobre mi hombro me derrumbé. Ella me sostenía pero yo no pude más. Había estado procurando ser fuerte hasta ese momento. Tenía un nudo en la garganta desde que oí la sentencia que condenaba a mi hijo. Con frecuencia me costaba hasta respirar, pero no se lo había dicho a nadie. Sentía como un peso que me oprimía los pulmones y se me clavaba en el corazón. Había tratado de sostener a mi hijo y de darle fuerzas pero en ese momento me vine abajo.

Alguien me ayudaba, yo no lo había pedido, y me sentí pequeña. Descubrí la necesidad que tenía de que alguien me consolara. Me urgía que alguien me dijera que mi hijo no era un criminal, que los jueces del mundo no conocen el corazón de los hijos, y que yo no era culpable de lo que allí sucedía. Me pesaba tanto haber sido una mala madre para Dimas, no estar a la altura, no dar la talla. Su mano me puso delante de todos mis peores miedos pero liberándome de ellos. Me vi pequeña pero también comprendí que María, estaba allí en mi misma situación.

Sus manos lo decían todo. Eran pequeñas, suaves, con los dedos largos. No eran las manos de una princesa. María había limpiado muchas veces la ropa y habría amasado el pan con toda seguridad. Eran manos curtidas, aunque preciosas. Eran las manos de una Reina. Me fui dejando caer y María me sostuvo con sus diminutos pero fuertes brazos. Me sentí sostenida, como en el aire, con infinita dulzura. Mi vida y la de mi hijo ya no me pesaban. María me sostenía, no había razón para irse al suelo. Ella me levantaba, me decía que no éramos culpables ninguno, ni Dimas, ni yo, ni nadie. Que el único culpable había querido ser Jesús, su Hijo, y que iba a liberar a todos de sus pecados.

Nunca he comprendido cómo unas manos tan pequeñas pueden dar tanta seguridad. María es más baja que yo, pero me sostuvo. Sus manos me levantaron, me dieron nuevas fuerzas pero sobre todo me devolvieron la esperanza y la ilusión. Dimas era un buen hijo y yo una buena madre. Los dos nos habíamos equivocado muchas veces. También su padre, que en paz descanse, confundió muchas veces el cariño y la libertad. Pero María me hizo olvidar todo eso. Me hizo recordar tantos sacrificios y tanto amor escondido por él como había en mi corazón.

Gracias a que me sostuvo, pude oír que Jesús le prometía a Dimas que lo llevaría esa misma tarde al Paraíso. En eso momento, yo estaba segura de que ya me encontraba allí. De repente, vi que María también necesitaba que yo la sostuviera. Éramos como dos naipes que se apoyan uno en otro. Yo nunca he tenido mucha fuerza pero el Señor me dio la suficiente para agarrar a María que se desplomaba. Me parecía increíble que ella me hubiera confortado segundos antes. Estuvimos así todo el tiempo que duró la agonía de Jesús y de Dimas. Entrelazadas nuestras manos, hombro contra hombro, sin hablar ni mirarnos pero compartiendo totalmente nuestro sufrimiento y el de ellos. La muerte de Dimas, toda su vida, tenían ahora un color diferente. Seguramente yo no había sido la mejor madre pero Jesús lo había convertido en el mejor hijo y lo llevaría esa misma tarde a disfrutar del Cielo para siempre. ¡Qué más puede pedir una madre! Bueno Lucas, ya me dirás si necesitas algo más o con esto es suficiente. Un saludo muy cariñoso y cuídate mucho,

La madre de Dimas

 

Esta carta forma parte del proyecto Cartas a san Lucas, en las que el autor, Diego Zalbidea ha imaginado qué dirían de la Madre de Dios los que más de cerca la trataron. Las cartas han sido escritas para ayudar a soñar y a rezar. Pero no se trata de aportar una hipótesis ni una posible versión de los hechos. El libro electrónico «Querido Lucas», que contiene todas las cartas se puede descargar de forma gratuita.

 

One Comment

Leave a Reply