¿Por qué estás siempre alegre?

porqueestarsiemprealegres - ¿Por qué estás siempre alegre?


Autor: Juan Moya Corredor
Nº Páginas: 144
Precio: 9.00€
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La manera en que Moya estructura el libro dice mucho sobre su mensaje: 21 preguntas con sus respectivas respuestas ofrecen una explicación sobre la felicidad. Es decir, se plantean interrogantes muy básicos que merecen contestaciones igual de sencillas, porque la alegría del cristiano se caracteriza precisamente por su simplicidad.

Todos podemos y merecemos ser alegres. ¿Todos? Sí, todos. Especialmente personas que, por lo que sea, viven su fe cristiana con cierta pesadumbre, con tristeza o hasta con cierto complejo, como si no estuvieran convencidas de la importancia y el sentido de aquello en lo que creen o como si prefirieran no tener que creer, para verse así liberadas de obligaciones morales que les pesan e incluso abruman.

¿Por qué estoy en el mundo? Es una pregunta esencial y que todos, antes o después, nos hacemos. Los cristianos sabemos que el destino del mundo y del hombre no es incierto, como ocurriría si fuera el azar ciego el que rigiera la existencia.

Somos hijos de Dios -y por tanto hermanos de todos los demás hombres- y ahí se esconde la verdad que ha de impulsar nuestra vida. Ahí reside la auténtica alegría, porque nos brinda la seguridad y la confianza que necesitamos al desenvolvernos en nuestra vida. Nada nos quita la paz ni la serenidad. Dios es un Padre que siempre perdona, que jamás abandona, que quiere a sus hijos y les desea lo mejor. Dios ha muerto por cada uno de nosotros, para salvarnos. ¿Hay acaso una muestra más clara de amor? Y lo ha hecho individualmente, por cada uno de nosotros.

En eso consiste la santidad justamente, en asemejarnos a Jesús. El que nosotros seamos limitados y llenos de defectos no debe impedirnos -al contrario- tratar de imitarle. ¿Cómo? Sobre todo, leyendo y reflexionando mucho los contenidos de los evangelios. Tal vez la más importante enseñanza de Jesús sea cómo vivió: “haciendo el bien”. Nuestra misión en este mundo consiste, ante todo, en esforzarnos por hacer el bien allí donde estemos. Eso incluye la caridad con nuestros hermanos los hombres, la paz y la amistad.

Qué importante es la libertad para ser felices. En el Catecismo (n. 1733) se dice: “Nosotros, a diferencia de los animales, sí podemos ser más hombres o más mujeres, más perfectos o menos perfectos, personas con grados diversos de cualidades buenas o malas (…). En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre”.

Todo acto libre tiene necesariamente una trascendencia (o repercusión) moral y nos convierte en mejores o peores. Y esas cosas buenas o malas muchas veces todos las reconocemos por ser algo universal (son malos el asesinato, la esclavitud, la mentira o el engaño). A nadie le gusta que le mientan. Sin embargo, hoy en día está muy difundido el relativismo: que haya tantas verdades como individuos. Y aunque es cierto que todas las opiniones mereces ser escuchadas y estudiadas, no todas son igual de válidas. Es más, de hecho sólo hay una verdad absoluta, porque lo contrario incurre obligatoriamente en una contradicción.

Saber quién es el hombre tiene una importancia capital. Y el ser humano sí es capaz de la verdad, y por eso mismo de ética. “El relativismo antropológico lleva inevitablemente al relativismo moral”.

Vamos concluyendo, pues, que la felicidad, más que en “tener” cosas, está en “ser” cada vez mejores, más virtuosos y por tanto más capaces de amar y de servir a los demás. “Un cristiano sabe cuál es la virtud más importante de todas, que ayuda a crecer en todas las demás: la caridad, el amor en su doble dimensión: amor al prójimo y amor a Dios. Esos han de ser los dos grandes principios de los que se deducen todas las verdades morales que ha de vivir”.

Pero, ¿cómo sé que mi escala de valores es mejor que la de los no cristianos? Porque son los que Jesucristo nos propuso, y por tanto Dios mismo. Ese origen explica la contundencia con la que los cristianos defendemos tales principios, porque provienen de palabras de vida eterna y se adecuan mejor que el resto a la dignidad humana.

Veamos cuáles son los de los otros: el placer o deleite, que jamás resulta satisfactoria, aparte de que siempre existe la inseguridad de perderlo o no pasarlo indefinidamente bien; la consagración a un proyecto personal (social, artístico, económico, etc.), que nunca abarca el conjunto de las propias ambiciones; las riquezas, que no colman; el honor, el poder o la fama, que con frecuencia son injustificados.

Pero el mensaje último de Jesús, el camino que nos propone para la felicidad, no es complicado: el amor al prójimo y el amor a Dios. Las dos cosas, porque ambas van de la mano. Y más allá de las normas, lo que importa es amar a una Persona, Jesucristo, intentando parecernos a Él. “Nuestra felicidad y la de los demás dependen mucho de cómo amemos”.

Otro tema importante en nuestra vida es el del dolor y el sufrimiento. No se entienden racionalmente tantos desequilibrios, injusticias y desgracias. ¿En qué consistirá el sentido del dolor? “En colaborar con Cristo en la salvación de todos los hombres”. Recordemos que “del mayor de los males cometidos en toda la historia (la muerte de Cristo), ha salido el mayor de los bienes”.

Sólo aceptando la realidad del pecado y el misterio de la redención podemos darle la vuelta a todo ese dolor y no caer en la desesperación. Jesús quiso morir en una cruz, experimentando uno de los sufrimientos humanos más intensos y agónicos posibles, para salvarnos. El sufrimiento fue el medio escogido para ofrecernos la posibilidad de alcanzar la auténtica felicidad.

Por tópico o falso que suene, incluso los males pueden convertirse en bienes, hasta el punto de que podemos decir: “todo es para bien”. Y eso no es producto de un pensamiento infantil o cándido, sino la consecuencia de ver que cualquier situación, por muy nefasta que sea, es ocasión de amar a Dios y a los demás. Así se explica, por ejemplo, la sonrisa y serenidad con que murieron los mártires.

La felicidad es un gozo interior que nos hace mejores humana y espiritualmente y que deseamos contagiar a los demás. Pero, ojo, no hay que espiritualizar mucho el concepto cristiano de felicidad. Felicidad es amar lo bueno, y por tanto lo verdadero, siendo el mayor bien amar a Dios, sin que eso signifique estar en las nubes. Es estar en lo cotidiano, pero haciéndolo lo mejor posible por amor a Dios y a los demás.

En todo esto juegan un gran papel también los sacramentos: la Eucaristía, porque recibir la comunión, al menos semanalmente, une al cristiano a Cristo, que es la Iglesia; y la Penitencia: ¿qué mayor alivio y consuelo que el de que se nos borren todos nuestros errores y podamos volver a empezar de cero? Es la solución a las angustias de nuestra alma… y una auténtica liberación, porque Dios perdona siempre.

Hay otro motivo por el que no debemos sentirnos solos: que formamos parte de una gigantesca familia, la Iglesia, en la que tenemos cabida todas las personas, que, aunque pecadoras, compartimos unos mismos ideales y tratamos de seguir los mismos mandamientos mediante unas normas de vida que se practican idénticamente en todas las partes del mundo.

Además, saber que tenemos a la Virgen María como Madre Nuestra ayuda mucho en nuestra vida espiritual, igual que una madre lo hace durante nuestra infancia y nuestra juventud. Nunca podremos sentirnos huérfanos, porque Ella estará para socorrernos y acompañarnos en todo momento. Y es “refugio de pecadores”, “consuelo de los afligidos” y “causa de nuestra alegría”. Y todo gracias a que Jesús nos la regaló cuando estaba al pie de la cruz.

Es importante vivir cada día como si fuera el último. Una tentación consiste en creer que es mejor y más práctico disfrutar al máximo en esta vida sin preocuparse excesivamente por el futuro. No, porque no estaríamos cumpliendo con lo que Dios quiere para nosotros en el día a día, y por tanto no satisfaríamos del todo nuestras ansias de felicidad, y que en el fondo se reducen a amar libremente a Dios. Lo dice el Papa actual: “La verdadera felicidad se encuentra en Dios (…). Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales”.

En resumen: el motivo principal de nuestra alegría está en Dios, en encontrarlo, conocerlo, amarlo y darlo a conocer. E, igualmente, Dios está alegre cuando nos encuentra, por muy perdidos que estemos. Nunca es tarde.