amable

Amar, ser amable, aligerar la carga de las gentes,
componer el gesto,
pasar la vida levantando esperanzas.
-A. Ortega Gaisán-

 

El Mariscal Rommel había sido en su infancia y adolescencia tan mal estudiante que un día, su profesor de lengua dijo dirigiéndose a todos los alumnos:

          -El día que Rommel me entregue un dictado sin ninguna falta de ortografía, daré vacaciones a toda la clase y contrataré una banda de música para celebrar tan raro acontecimiento.

Rommel escuchó aquello en silencio. Al día siguiente se dirigió a su profesor después del dictado y al entregarle el cuaderno le dijo:

Señor, creo que ya puede usted ir encargando la banda de música.

El profesor corrigió el ejercicio y no encontró ni una falta. Intrigado, le preguntó cómo lo había conseguido.

-Hasta ayer, dijo Rommel, no me había sentido motivado. Ayer usted me lanzó un reto y yo, sencillamente, recogí el guante. Nunca antes me había dado cuenta de que, con mi acción, podía beneficiar al grupo. Usted me lo ha aclarado.

Es verdad que en las grandes necesidades los hombres aparecen decididamente buenos, generosos, espléndidos cuando la vida reclama su bondad y largueza en los acontecimientos grandes y ruinosos. Es verdad. Y eso está muy bien.

Pero, ¿y en el día a día? Es en lo cotidiano donde se forja la personalidad y se cultivan los valores humanos. Y, sin embargo, es en la aparente vulgaridad del diario quehacer donde aparece el hombre misteriosamente egoísta, cerrado a los demás, escaso de justicia y vacío de dedicación a las personas que le rodean.

Normalmente, por desgracia, en ese diario batallar aparece el hombre vulgar, injusto que parece haber olvidado la necesaria proyección humana y el ejercicio universal del amor.

Tremenda la anécdota de Santa Juana de Arco quejándose del egoísmo ciego de los suyos: Mi padre había encargado a mis hermanos que me ahogasen si no me dedicaba a vigilar nuestro rebaño. Entretanto, Francia se desangraba y moría. Por lo visto, Francia podía morir con tal que nuestras ovejas estuvieran seguras. 

Deberíamos prestar atención a los demás en la vida normal y corriente sin esperar a las grandes angustias que nos conmueven. Deberíamos gastar la vida por los demás en la siembra continuada de actitudes, gestos y palabras que vayan levantado el corazón a todos.

Es gratamente estimulante saber que con nuestras acciones influimos en millones de almas en toda la tierra y hasta en la otra vida: Creo en la comunión de los santos, decimos al final del Credo. 

Cada mañana, al levantarnos, la vida nos lanza un desafío de superación, el secreto está en que sólo cada día, pero todos los días, recojamos el guante.

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