La ignorancia, la mentira y la desidia
 pueden producir falsas sensaciones de equilibrio y felicidad.
-José Luis Rodríguez Jiménez-

  Todo el mundo tiene hábitos. Un hábito es una pauta adquirida de conducta que se ha automatizado hasta tal punto que resulta difícil de modificar o eliminar.
Hay hábitos conscientes e inconscientes, buenos y malos, que nos facilitan la vida o nos la complican, que nos enriquecen o nos envilecen. Veamos unos ejemplos.

Son positivos los hábitos de cortesía que nos llevan a decir instintivamente: hola, por favor, gracias, disculpe…, porque facilitan la armonía cuando nos comunicamos con los demás en el día a día. Hay hábitos que facilitan que tengamos un cuerpo sano: hábitos de higiene como ducharnos, cepillarnos los dientes, comer alimentos sanos en las debidas cantidades, etc.

Hay hábitos que nos ayudan a ser eficaces en el trabajo: orden en la distribución del material, cumplimento del horario, organización del fichero, evaluación de la jornada, etc. Hay, en fin, otros hábitos positivos: El hábito de intentar ver siempre «el vaso medio lleno», de saber esforzarse por situarse en la cara soleada de la vida a pesar de las tormentas, de «sonreír, aunque llore en el alma».

Aun así, no todos los hábitos son beneficiosos. Hay también ─no seamos ingenuos─ hábitos no beneficiosos, malos hábitos que pueden convertirse en tiranos que perjudican nuestro bienestar.

El beber alcohol en exceso, el fumar, tomar drogas, esclavizarse con el sexo, pueden convertirse en hábitos que sabotean nuestra salud y nuestras relaciones con los demás.  Y si bien hay hábitos negativos que son palpables (las drogas), hay otros mucho más sutiles («yo soy así») que pueden dificultarnos el llegar a ser personas con éxito.
El más nefasto de los hábitos es el que nos lleva a pensar negativamente sobre nosotros mismos y nuestras posibilidades, porque paraliza nuestros recursos creativos y nos lleva a la autodestrucción.

No menos negativa es esa costumbre de soñar despierto en vez de concentrarnos en lo que tenemos que hacer. Evadirnos, dejarlo para después, aplicar, por sistema, la procrastinación, esto es, la dilatación de lo que urge hacer, solo porque nos resulta desagradable o aburrido, es un hábito insidioso y contraproducente que ha arruinado numerosas vidas.

¡Ojo!, culpar de nuestros propios fracasos a otras personas, o a las circunstancias, puede convertirse en un hábito que nos impida avanzar hacia la consecución de nuestras metas.

 «Echar balones fuera», «culpar al empedrado», «ya lo haré», «tan poco es tan urgente», son recursos tan viejos como inútiles. Ahora está muy de moda porque le hemos encontrado la palabra adecuada: la procrastinación.

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