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La peligrosa dársena

By marzo 14, 2014 abril 8th, 2014 No Comments

barco-velero

«La mediocridad, posiblemente, consiste
en estar delante de la grandeza y no darse cuenta».
Gilbert Keith Chesterton

Un amigo mío, descendiente de gente de mar, estuvo visitando a sus abuelos, curtidos marineros del norte de España. Un día, el abuelo lo llevó a ver «su tesoro»: el velero Bambi.
Recuerdo, me decía mi amigo, que era un velero muy bonito, fuerte, elegante y seguro. Yo lo curioseaba todo, abría puertas y dejaba volar loca a mi imaginación.
-Maravilloso abuelo, pero observo que hay puertas que cierran mal y cosas que están como envejecidas.
-Claro, hijo, me respondió sentencioso y resignado mi abuelo, este velero está viejo porque no navega, lleva mucho tiempo aquí aparcado; necesita navegar.

La dársena, como refugio temporal beneficia al velero, pero cuando la dársena retiene al velero se vuelve peligrosa, porque el velero está planeado para navegar y el choque de las aguas en su proa le resulta beneficioso.
Desde que mi amigo me contó su experiencia siempre me hago la misma reflexión. ¿No somos nosotros como el velero? Estamos hecho para navegar, para luchar por la vida, para mejorar nuestro entorno; pero continuamente nos asalta la tentación de la dársena: aparcar en la orilla, en la mediocridad y claro, cuando nos instalamos, aparecen grietas por todas partes y el corazón se va arrugando, haciendo viejo, aparcamos y nos enfriamos.

Quien no penetra mar adentro nada sabe del azul profundo del mar, ni del hervor de las aguas bullentes, ni de la paz infinita de las noches tranquilas cuando el navío avanza dejando una estela de silencio, un sendero que se hace al andar y guía a los que nos siguen.No podemos conformarnos con amarrar nuestro velero a cualquier dársena conformista. No estamos hechos para ser amarrados, sino para navegar mar adentro, en alta mar, dónde las aguas están más limpias y abundan los peces.Nacimos para navegar contra viento y marea; por eso hay dársenas peligrosas que nos enmohecen, nos miopizan y reducen nuestra visión al  horizonte de nuestro ombligo. Nada de chapotear en la orilla: ¡Mar adentro!

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