la acedia e1517571563338 - La acedia

La pereza viaja tan despacio
 que la pobreza no tarda en alcanzarla.
-Benjamin Franklin-

 Dos amigos, no muy dinámicos ni trabajadores, hablaban entre sí:
Pues yo te digo que donde mejor se duerme la siesta es en mi casa de campo.
—Ni hablar, tú no conoces mi despacho.

 O aquel otro que entra en la farmacia:

—Por favor, ¿me puede dar algo para la pereza?
—Tome estas pastillas masticables.
—¡Uf! ¿Y no las tiene bebibles?

Y para terminar con las bromas, cito al cómico norteamericano Groucho Marx:

Éramos tres y trabajábamos como un solo hombre. Es decir, dos de nosotros estábamos siempre holgazaneando.

La antítesis de la laboriosidad es uno de los pecados capitales: la pereza, la acedia, la inercia. El idioma más noble usa el término «acedia», que viene del griego akedía, que significa dejadez, desidia descorazonada y triste.
Esa flojera revela un ablandamiento del alma que, como consecuencia, renuncia a la ascensión empinada y severa de la virtud. La acedia se abandona al remanso tranquilo y sombreado de la indiferencia, de la mediocridad, de la monotonía.

Pudiéramos decir que es una especie de diagnóstico de la apatía de la sociedad moderna, que, tras haber pasado por el frenesí y los excesos, cae en la abulia, en la desgana y hasta en el tedio.
Cierto es que todos podríamos rendir más y mejor, si conseguimos que la ilusión —y no el desencanto— sea el motor que nos motive a trabajar eficazmente, desarrollando una laboriosidad más efectiva y prolongada, pero los hay que se sienten atormentados por un cansancio extraño que paraliza sus fuerzas, y les pega los pies al suelo.

Hay que combatir la desidia trabajando con agrado. Normalmente la causa de nuestras preocupaciones y cansancios no es el trabajo; hay personas que trabajan «las 24 horas del día». Trabajar con gusto es ya eliminar las causas más solapadas del cansancio.
¡Atención a la actitud! No esperemos que el trabajo nos interese; empecemos por interesarnos nosotros en el trabajo que hacemos. La mayoría de los hombres que han triunfado suspiran por hallar más tiempo para más tareas, y buscan con avidez el día de cuarenta y ocho horas.
No cansa el trabajo cuando las personas saben volcar en él su interés y lo vive con un alto espíritu constructivo. Es una de las bases para convertirnos en creadores de una vida feliz.

Una de las fuentes de alegrías de este mundo es la ilusión de comenzar. Resulta hermoso vivir, porque vivir es comenzar siempre, a cada instante, a cualquier edad. Comenzar, actuar, es decir, todo lo contrario de la acedia.

 

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