Groucho Mark

Estos son mis principios;
si no le gustan, tengo otros.
-Groucho Marx-

Enrique III de Navarra (1553-1610), que sería desde 1589 Enrique IV de Francia, es un personaje histórico singular, prototipo  del hombre sin principios firmes que lo mismo afirma que niega con tal de conseguir sus ambiciones.

Según costumbre de la época, al poco de nacer fue bautizado en la fe católica. Cuando tenía 6 años abrazó la fe protestante junto a su madre Juana de Albret. Dos años después, a los ocho, volvió de nuevo a la fe católica; pero unos meses más tarde regresó al protestantismo.

Según recogen las crónicas, desde 1572 hasta su muerte cambió de religión hasta seis veces, evidentemente por cuestiones políticas o intereses personales.

Finalmente volvió a la fe católica para conseguir el trono de Francia. Este último cambio, paradigma del hombre sin escrúpulos capaz  de hacer cualquier cosa con tal de conseguir sus ambiciones, lo plasmó en la frase que ha pasado a la historia: París bien vale una misa.

Una persona sin principios, es también una persona sin límites. Su norma de conducta es el «depende» y todos los aspectos de su vida son resbaladizos porque el que no tiene o no cree en sus principios reales, fijos, estables y permanentes, pondrá los límites en donde, en cada momento, le convenga.

Es una versión de lo que se ha dado en llamar hoy el hombre light, una persona carente de referentes, con un gran vacío moral y nada feliz a pesar de tener materialmente de todo.

Es como los productos light de nuestros días: cerveza sin alcohol, comidas sin calorías ni grasas, azúcar sin glucosa, Coca-Cola zero, sin cafeína y sin azúcar… es decir, un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito, al capricho, a la sensiblería y al gozo ilimitado y sin restricciones.

Una persona así, sin principios estables y firmes, no es fiable. Ni siquiera se puede razonar con ella porque donde hoy dice blanco, mañana, si le interesa por cualquier motivo, dirá negro y se quedará tan ancha.

Debemos esforzarnos en ser y hacer personas que quieran saber lo que es bueno y lo que es malo; que no rehuyan el esfuerzo y el sacrificio cuando la ocasión lo requiera; que no se entreguen a la cultura de la vida fácil y cómoda cuyo único objetivo es el bienestar inmediato o un cómodo y rápido nivel de vida sin sobresaltos.

Debemos tratar de ser referentes de personas sólidas, rocas graníticas del verdadero progreso humano que se asienta en un fiable fondo moral. Y si alguien nos pregunta cómo se puede ser roca en un mundo de veletas, la respuesta es sencilla: porque soy leal a mis principios.

Y no los cambio.

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