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La mentira pueda dar media vuelta al mundo
mientras la verdad aún se está poniendo los zapatos.
-Mark Twain-

El Papa Francisco tiene la costumbre de improvisar ruedas de prensa en el avión que le lleva en sus viajes fuera de Italia. En enero de 2015, en su viaje a Filipinas, le preguntan por el atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo. Y, después de repetir que “cada uno tiene el derecho de practicar la propia religión” y que “matar en nombre de Dios es una aberración”, el Papa acompañó con gestos muy expresivos la siguiente declaración:

En cuanto a la libertad de expresión: cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común (…) Pero sin ofender, porque es cierto que no se puede reaccionar con violencia, pero si el doctor Gasbarri [organizador de los viajes papales], que es un gran amigo, dice una grosería contra mi mamá, puede esperarse un puñetazo.

         No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás (…) Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás. Estas personas provocan y puede suceder lo que le sucedería al doctor Gasbarri si dijera algo contra mi mamá.

         Hay un límite, cada religión tiene dignidad, cada religión que respete la vida humana, la persona humana… Yo no puedo burlarme de ella. Y este es el límite. Puse este ejemplo del límite para decir que en la libertad de expresión hay límites como en el ejemplo de mi mamá.

Posiblemente sea la primera vez que un Papa habla de responder con un posible puñetazo en lugar de aconsejar poner la otra mejilla. Un Papa que nos empuja a salir a  las periferias, a dejar la comodidad del entorno de las sacristías. A salir proponiendo la Verdad y si por ello nos parten la cara, habrá que poner la otra mejilla, pero, llegado el caso, si es necesario, también debemos responder de otra manera.

Porque poner por sistema y como única respuesta  la otra mejilla, puede ser heroísmo, pero también puede ser cobardía. Las ideas se defienden con ideas, con ejemplos de vida y con acción, si es necesario.

La «gran valentía» de los cobardes  satíricos que, amparándose en la libertad de expresión, no respetan a nada ni a nadie, la gran valentía es el encogimiento de las personas de bien. Y ese encogimiento ni es virtuoso ni Dios lo quiere aunque lo justifiquemos de humildad, mansedumbre, etc.

Cuando el interlocutor se  percata de que puede recibir la respuesta adecuada a su descaro, cuida las formas. Lo dice muy claro el saber popular: el miedo guarda la viña.

No es, ni debe ser, la agresividad, la violencia la respuesta sistemática de una persona de bien, pero tampoco debemos olvidar que, excepcionalmente, el mismo Jesucristo utilizó el látigo.

Ante los secuaces del mal, debemos defender nuestras ideas con ideas, argumentos y oraciones, pero siempre con el mensaje de que, ocasionalmente, llegado el caso, le puede esperar un puñetazo; porque insultar a la madre no sale gratis. A no ser, claro, que el hijo sea un calzonazos.

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