el sentido de la vida 2

Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios.
(Romanos 8,28)

Me aseguran que sucedió realmente en México. Era un hombre joven de buena posición que tocaba admira­blemente el piano y que, poco a poco, se convirtió en un personaje imprescindible en las reuniones de la alta sociedad mexicana. Él, por su parte, era un hombre cuidadoso de su aspecto que procuraba caer bien y no tenía grandes preocupaciones… Este estilo de vi­da le llevó a irse convirtiendo en un hombre tremen­damente frívolo y vanidoso, muy preocupado de su apariencia externa.

Pero un día, mientras se aseaba, vio en el espejo una pequeña mancha en la piel de la cara que no pudo limpiar. En días sucesivos aparecieron más; fue al médico y el diagnóstico lo dejó helado: lepra en avanzado estado, imposible de controlar.

El mundo se le vino encima sin vislumbrar ninguna salida. Imposible, esta vez, no había escapatoria. Los negros nubarrones de la preocupación le cegaron la vista y sus ojos no sabían ver que todo es para bien, sus ojos de carne quedaron ciegos para trascender las circunstancias.

Sobrevivió a dos intentos de suicidio y por fin fue internado en un sanatorio para leprosos. Allí permaneció los primeros meses solo y sin querer dirigirle la pala­bra a los demás enfermos. Un día descubrió que en el salón ha­bía un piano. Comenzó a tocar y vio cómo su música alegraba la vida a los enfermos, sobre todo a un chico de once años muy afi­cionado al piano, al que hizo verdaderamente feliz. De esa forma casual, descu­brió el sentido de su vida: hacer felices a estos enfermos que cada semana esperaban su pequeño concierto.

El estar pendiente de alegrar a los enfermos fue su mejor medicina: amar al prójimo como a ti mismo. Descubrió que la felicidad no está en huir de la congoja, ni en tratar de huir del miedo, sino de mirarlo a la cara y desafiarlo con una sonrisa.

Todo cambió cuando dejó de preocuparse tanto de sí y puso el acento en la felicidad de los demás. La verdadera felicidad la encontró en la satisfacción de la indigencia ajena.

La realidad humana, aún la más indigente, los enfermos, es mucho más hermosa que los ideales más sublimes. Y es precisamente la realidad más indigente la que nos puede llevar a los más sublimes ideales.

Nunca había experimentado esta clase de alegría, la que nace de darse a los demás. Él había tocado siempre el piano para sí mismo y para recibir aplausos y alabanzas.

Aquellos años que vivió en la leprosería fueron los más felices de su vida. No los habría cambiado por nada en el mundo a pesar de que la lepra había causado aquellos estragos en su piel, antes tan sumamente cuidada. Encontró a Dios en los demás como ocurre muchas veces. Aquel mal tan grande fue pa­ra él un bien inmenso.

Con frecuencia no sabemos muy bien qué es lo que nos con­viene. Es bien cierto el refrán popular: Dios de los males saca bie­nes y de los grandes males, grandes bienes.

Cuentan que, en sus últimos días, se le oía repetir con frecuencia:

Señor, si tuvieras que darme de nuevo la vida…, ¡no te olvides de la lepra!

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