A puñetazos e1506676641849 - ¡A puñetazos!

Considera las contrariedades como un ejercicio.
─Séneca─

Paulino Uzcundun (1899-1985), el púgil español imposible de noquear, El Toro Vasco, como se le apodó, después de haber cortado árboles como jornalero y trabajado en una fábrica de embutidos de San Sebastián, su carácter inquieto y su espíritu aventurero le animaron a viajar a París, en 1923, para hacerse boxeador. Llegó a ser Campeón de Europa.

En cierta ocasión una señorita le preguntó que por qué todos los boxeadores eran chatos.
─Mire usted, señorita, respondió Uzcundun, los artistas y los reyes, nacen; los sabios y los políticos se hacen, y nosotros, los boxeadores, ni nacemos ni nos hacemos, sino que nos hacen. Y ¿quiere usted saber cómo nos hacen?: ¡A puñetazos!

Los santos, esos cristianos verdaderamente consecuentes, tampoco nacen, se hacen con su esfuerzo y la gracia de Dios.
Y en ese hacerse, son inevitables las contrariedades, los problemas, los golpes. A veces, sólo a golpes se liman muchos de nuestros defectos.

Ya Pablo VI, dirigiéndose a los Institutos seculares (26 de septiembre de 1970), apuntaba la necesidad de batallar para hacer el bien: hoy el mundo tiene necesidad de vosotros que vivís en el mundo, para abrir al mundo los senderos de la salvación cristiana.
           Y tendréis así un campo propio e inmenso en que dar cumplimiento a vuestra tarea doble: vuestra santificación personal, vuestra alma, y aquella «consecratio mundi», cuyo delicado compromiso, delicado y atrayente, conocéis; es decir, el campo del mundo; del mundo humano, tal como es, con su inquieta y seductora actualidad, con sus virtudes y sus pasiones, con sus posibilidades para el bien y con su gravitación hacia el mal, con sus magníficas realizaciones modernas y con sus secretas deficiencias e inevitables sufrimientos… Es un camino difícil, de alpinista del espíritu.

En nuestra sociedad light se rehúyen las contrariedades, los problemas, porque se les identifican con sufrimiento; sin embargo, los problemas, por sí solos, no provocan automáticamente el sufrimiento. Si logramos abordarlos con decisión y compromiso, si logramos centrar nuestras energías en encontrar una solución, el problema puede transformarse en un desafío.
El desafío de la autenticidad de la fe que tiene que superar las contrariedades con las que la agresividad atea o la indolente indiferencia nos hostigan. Antes estas provocaciones, un cristiano consecuente, debe defender sus creencias con la ejemplaridad de vida, con las ideas y, excepcionalmente, llegado el caso, ¡con los puños!

No olvidemos que, cuando hizo falta, excepcionalmente, Jesucristo usó el látigo.

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