El derecho a una muerte sin dolor

Debemos conceder a los enfermos incurables el derecho a una muerte sin dolor”. Esta frase podría ser una más en un panfleto de cualquier clínica de suicidio asistido en Bélgica o una exigencia de algún movimiento pro-eutanasia de la ONU. Sin embargo, la frase no salió de los labios de ningún activista compasivo, sino de los labios de Hitler. Y no en cualquier circunstancia, sino en el decreto de septiembre de 1939 en el cual se ordenaba construir las primeras cámaras de gas de la Alemania nazi. Y ya sabemos cómo terminó aquel asunto.

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EFE/Archivo

Hitler, el primero en aplicar la eutanasia

Las primeras cámaras de gas fueron construidas con motivos terapéuticos, médicos. Para Hitler, el programa de eutanasia o muerte digna era de vital importancia para el triunfo de Alemania. El Aktion T4, nombre con el cual se designaba el programa, estaba destinado a ofrecer a los ciudadanos alemanes con enfermedades mentales o incurables el derecho de una muerte sin sufrimiento. Sólo entre el mes de diciembre de 1939 y el mes de agosto de 1941 fueron asesinados alrededor de cincuenta mil alemanes mediante gas de monóxido de carbono, en instituciones en las que las cámaras de gas tenían las mismas apariencias engañosas que en Auschwitz, es decir, parecían duchas y cuartos de baño.

Al principio hubo protestas por parte de la población: indignados alemanes de los alrededores exigían cesar con las matanzas por gas. Sin embargo, los expertos, en su mayoría médicos y enfermeras, consideraban que el pueblo llano aún no había llegado a obtener esa visión “objetiva” sobre la misión de los médicos, que en ellos ya se había instalado. Una visión que no era casual, sino inculcada de manera cuidadosa y soslayada. Hitler se cuidó de no llamar al programa de eutanasia “asesinato”, utilizó términos como “muerte digna” y “derecho de los alemanes a no sufrir”. El programa fracasó. Las quejas del pueblo y de algunos círculos católicos y protestantes eran demasiado insistentes. Quienes habían trabajado en el programa, que hasta entonces dependían del Departamento de Salud Pública del Reich, fueron enviados al Este a construir instalaciones similares para exterminar a pueblos enteros.

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Del cambio del léxico, a la sustitución de conceptos y valores

Dice Hannah Arendt  que “ninguna de las diversas ‘normas idiomáticas’, cuidadosamente ingeniadas para engañar y ocultar, tuvo un efecto más decisivo sobre la mentalidad de los asesinos que el primer decreto dictado por Hitler en el que la palabra ‘asesinato’ fue sustituida por ‘el derecho a una muerte sin dolor’”. El triunfo eufemístico de Hitler consistió en hacer creer a médicos y enfermeras, formados y competentes, que el pecado imperdonable no era el de matar, sino el de causar dolor innecesario. Fue así como logró inspirar a miles de profesionales de la salud en la sorprendente convicción de que la muerte por gas debía considerarse un asunto médico. No se consideraban asesinos, sino portadores de compasión.  Esto suena escalofriantemente conocido en los promotores del aborto y la eutanasia de hoy en día. Y es que parece que los seres humanos tenemos memoria a corto plazo.

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¿Es mejor morir que sufrir?

Da miedo darse cuenta de los razonamientos tan peligrosamente parecidos que guiaron a los médicos y enfermeras alemanes y los que guían a médicos y enfermeras actualmente. Una simple confusión de términos, un desorden de prioridades turbadoramente similar: “Es mejor morir que sufrir”. Poco a poco, esta pequeña idea digna de la película “Origen”, fue instalándose también en los dirigentes del partido nazi que, cuando les indicaron que el nuevo método utilizado para la Solución Final del pueblo judío eran las cámaras de gas, pensaron que indicaba una clara mejora de la actitud adoptada por el gobierno nazi para con los judíos.  Y, ¿cómo no iban a creerlo, si ellos no eran monstruos, tenían sentimientos y compasión? Incluso alguno habrá podido pensar que era un regalo, puesto que  los beneficios de la eutanasia eran inicialmente privilegio de los verdaderos alemanes. Para estas personas, seres humanos normales y corrientes, con emociones y conciencia, los centros de gaseamiento de Auschwitz, Chelmno y Treblinka eran una especie de  “fundaciones caritativas del Estado”, como señala Arendt.

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Por favor, no nos olvidemos de la historia

Básicamente, todo empezó con un pequeño paso, una sustitución de términos, que derivó en una sustitución de ideas que, a su vez, derivó en una sustitución de valores. Esta subrepticia cadena de sustituciones terminó por acallar conciencias y silenciar al pensamiento. Y esto, como no podía ser de otra manera, terminó en asesinato de 6 millones de judíos, 4 millones de disidentes políticos, 800.000 gitanos y 300.000 enfermos y discapacitados. Ahora más que nunca, nos convendría no olvidar.

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