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Llevamos muy poco aquí -nos escribe Lucía-, y ya nos sentimos como en casa. Y es sin duda por la increíble acogida que nos han regalado los cariocas: enseguida hemos probado los productos típicos: feijoada caipirinha, mate, papaya… Nos han llevado a los barrios más auténticos de Río, y nos han abierto las puertas de sus casas y de sus vidas de par en par.

Las lecturas de la misa de hoy domingo hablan mucho de acogida, y en este contexto cobran un sentido muy especial. Rezando el Padrenuestro en portugués-español con las manos unidas sientes especialmente la universalidad de la Iglesia.

Hoy hemos subido a Corcovado a ver al Cristo Redentor, y allí una niebla densa lo cubría todo, nos empapaba la ropa y el pelo y nos ocultaba el rostro de Cristo. Nos juntamos un buen número de peregrinos cantando y rezando, y la alegría crecía cuando una ráfaga de viento despejaba la niebla y nos dejaba vislumbrar los rasgos del Señor. Cuando volvía la niebla, los cantos no cesaban. Él estaba ahí. Volvió a despejarse y pudimos ver sus brazos abiertos abrazándonos, abrazando Brasil y abrazando al mundo entero.

No está esculpido en la piedra, pero casi puede verse su corazón misericordioso. Está ahí con niebla o sin niebla. Y hoy la niebla nos ha servido de tema de oración. Espero que lo que vivimos junto a la estatua del Cristo Redentor sepamos vivirlo cada día en nuestras vidas.

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  • Pilar Alcalde García dice:

    Lucía, con tu diario, estás haciendo que me olvide del enfado que tengo por no contestar a mis sms y es que este «Cristo en la niebla» me ha emocionado un montón. Gracias, tesoro.

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