DSC 0549 - La piedad. Jorge Oteiza

LA PIEDAD

Con el nombre de “La Piedad” la tradición ha llamado a la escena que representa a Jesús muerto, que es ofrecido a los brazos de su madre tras el descendimiento, como un último e inútil consuelo. Pero ¿qué madre no besaría a su hijo en el momento de su muerte, y con mayor motivo, si es una muerte violenta? Cientos de autores han construido esta escena. La madre, sentada, toma en sus brazos el cuerpo ensangrentado de aquel que en otro tiempo tomara envuelto en pañales. Ahora, es un cuerpo frío. Un colgajo, cuyas manos y pies penden inertes en el vacío. Poquísimo consuelo queda para esa madre, ante la realidad que no niega por su evidencia.

Resulta útil observar que la iconografía no ha cambiado en siglos. El ejemplo más famoso de “La Piedad” es una escultura que se encuentra en la Basílica de San Pedro en Roma, labrada por Miguel Ángel Buonarrotti en mármol blanco de Carrara, en 1498. Es un prodigio de belleza y devoción, y utiliza exactamente la misma iconografía que Oteiza utilizará, quinientos años después.

Oteiza nos muestra a una madre y a su hijo yerto sobre su regazo. María extiende sus manos y mira al cielo porque –aunque aterida de pena– implora a Dios Padre entregando su bien más preciado: su propio y único hijo. Ese acto de oración, con las palmas vueltas hacia arriba y los brazos extendidos, es una muestra de serenidad y aceptación de una voluntad divina que María entiende con el claroscuro de la fe.

Los testigos de las abundantes lágrimas de María debieron quedar conmovidos por su horror y a su vez entereza. Fueron fiadores de su holocausto particular. María no llegó a la muerte, pero quizá por ello es más doloroso, puesto que su gigante tristeza no terminó con el fin de la existencia terrena.

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