flagelacion Bouguereau - La flagelación del Señor. Bouguereau

Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo y les dijo: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero yo le he interrogado delante de vosotros y no he hallado en este hombre ninguno de los delitos de que le acusáis. Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido. Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte. Así que le castigaré y le soltaré».

Toda la muchedumbre se puso a gritar a una: «¡Fuera ése, suéltanos a Barrabás!» Este había sido encarcelado por un motín que hubo en la ciudad y por asesinato.
Pilato les habló de nuevo, intentando librar a Jesús, pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícale, crucifícale!»

Por tercera vez les dijo: «Pero ¿qué mal ha hecho éste? No encuentro en él ningún delito que merezca la muerte; así que le castigaré y le soltaré.» Pero ellos insistían pidiendo a grandes voces que fuera crucificado y sus gritos eran cada vez más fuertes. Pilato sentenció que se cumpliera su demanda.

Varios son los intentos de Pilato por salvar a Jesús. Sabe que no es culpable, sabe que le han entregado por envidia. Ni él ni Herodes han encontrado culpa… “Así que le castigaré y le soltaré”.

Es aquí donde se enmarca la flagelación del Señor. No estaba dentro de la ley flagelar a aquel que iba a ser crucificado, si recibía latigazos era de camino al lugar de su ejecución, no antes. Pero Pilato lo manda castigar. Tratando, seguramente, de apelar a la compasión del pueblo. Intentando que al verle completamente desfigurado dejen de gritar: “¡crucifícale, crucifícale!”.

Pero qué gran error. No sabe que a un pueblo ciego por el odio, lleno de ira, gritando con voz rasgada y puño al aire, completamente enfurecido, no se le puede despertar la compasión. Y como una jauría de perros salvajes sedientos de sangre, se abalanzan sobre el Hijo de Dios.

Bouguereau pinta el cuerpo de Cristo con una perfección y un resplandor divinos que contrastan con el ambiente sórdido del pretorio. El realismo y detalle en sus obras, junto con el dominio del cuerpo humano entre otras características despertarán la admiración de figuras de la época como Chopin o Napoleón III, mientras que serán aborrecidas por otros como Gauguin o Van Gogh.

En ningún caso podemos negarle el mérito de esta obra. Es el cuerpo de un Dios-hombre el que ilumina el centro de la composición, un cuerpo totalmente divinizado, colgado sin embargo como el de un animal. Expuesto para hacer con él lo que les plazca y tratado sin dignidad alguna, como un despojo de carne inerte.

Rostros indiferentes rodean la escena, curiosidad morbosa ante el sufrimiento humano, segundos antes de azotar el primer látigo. Segundos antes de que el odio impregne el ambiente y nuble la vista de los verdugos. Y si en la ley hebrea solo se autorizaban cuarenta latigazos, la romana no fijaba límite alguno. La única condición impuesta era dejar con vida al ajusticiado. Y así fue. Hasta que se cansaron, hasta que su cuerpo se convirtió en una sola llaga. La sangre que baña el cuerpo de Jesús y tiñe el suelo, ciega a sus verdugos. Se ensañan en cada latigazo, se deshumanizan y enloquecen.

“No tenía apariencia ni presencia, lo vimos y no tenía aspecto que pudiésemos estimar” (Isaías 53-2). Un cuerpo en carne viva que ya no se tiene en pie. Sin duda, al cortar las cuerdas que le colgaban de la columna cayó sobre el charco de su propia sangre, completamente deshecho.

Y la multitud sigue gritando “¡Crucifícale, crucifícale!”. Y allí está María. No puedo imaginar su rostro, contraído completamente por el dolor. ¡Basta, por favor, basta! ¿Por qué? ¿Por qué has pasado por todo esto? Las Vejaciones y humillaciones más inhumanas, el dolor más insoportable, la crueldad más atroz. Hasta la última gota de sangre.

¿Todavía hay quienes defienden que Dios es indiferente ante nuestro dolor? ¿Él, que padece realmente con los inocentes que sufren las injusticias humanas, con los que sufren el dolor, la traición, la humillación…? Un Dios que se ha dejado flagelar hasta quedar todo su cuerpo en carne viva, por Amor. Él es, realmente, el único que puede dar sentido al sufrimiento.

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