Piero della Francesca 045 - El bautismo del Señor. Piero della Francesca

EL BAUTISMO DEL SEÑOR

De los sucesos anteriores han pasado cerca de veinte años. Los evangelios no dicen absolutamente nada de ese intermedio. O, lo que es lo mismo, es un interludio de normalidad y trabajo cotidiano, sin ninguna sorpresa digna de narrarse o que haya llegado hasta nuestros días en algún relato fiable. Dice Lucas: “Jesús al empezar tenía unos treinta años”. Y también señala, para situarlo históricamente que “era el décimo quinto año del imperio del Emperador Tiberio” (que es el emperador que sucedió a Augusto). Ahora, se cita a Marcos para que cuente lo sucedido (Marcos 1, 2 y ss.): “Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino; voz del que grita en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Se presentó Juan [hijo de Isabel y Zacarías, pariente de María] bautizando y predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén. Él los bautizaba en el río Jordán y confesaban sus pecados. Juan iba vestido de piel de camello y una correa de cuero en la cintura”. La piel de camello era áspera y pobre. Tan solo llevaba un ceñidor. Su oración puede que la hiciera en el desierto y tal vez su cobijo fueran las cuevas de ese mismo páramo, al occidente del Jordán. Era un hombre, en definitiva, penitente y, por lo que nos cuenta la narración, célibe.

Estando Juan en su labor misionera de conversión dijo: “detrás de mí viene el que es más fuerte que yo (…). Yo os he bautizado en agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo. Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret al Jordán (Mateo 3, 13) y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: ‘soy yo el que necesito que tú me bautices ¿y tú acudes a mí?’ Jesús contestó: ‘déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia’. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua, se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él y vino una voz de los cielos que decía: ‘este es mi hijo amado, en quien me complazco”

Como se ve, Piero Della Francesca procura no perder detalle. Dibuja a Juan penitente, con una piel basta, y una correa ciñendo su cintura. También nos presenta a más gente que quiere bautizarse, representada en el personaje que se desnuda detrás de Juan. El Jordán pintado por Della Francesca es muy simbólico, pues en realidad es un río rodeado de un lugar yermo y seco, vía fluvial que se encamina desde el mar de Galilea, de agua dulce, cerca de Nazaret, a una depresión de 700 metros bajo el nivel del Mediterráneo, al Mar Muerto, que es un mar completamente salado. Es un río poco caudaloso, pero con suficiente agua como para poder hacer inmersiones, que era como bautizaba Juan, y por eso dice “en cuanto Jesús salió del agua”; luego hubo de sumergirse, al menos hasta la cintura. En el Antiguo Testamento, el agua, al ser un bien escaso en tierras desérticas, es un recurso muy preciado, que enseguida se asocia con la vida y con la divinidad. Además, las leyes judías hablaban de la necesidad de limpieza de todo tipo de objetos con agua; también de ablución de las manos y de los pies, varias veces a lo largo del día, con un significado de purificación.

A nadie extrañó que Juan, con ese gesto del agua, quisiera decir algo más: que había que “lavarse por dentro”. Jesús quiere ser ejemplo del deseo de ser absolutamente puro. Por eso deja –tras un breve forcejeo– que Juan le bautice. Pero ya había anunciado Juan que habría otra persona que bautizaría de distinta manera, de modo más trascendental. Concretamente alude a alguien mayor que él, que bautizará en el espíritu. Prueba de ello es la paloma que se posa encima de Jesús, y la voz que resuena, para todos los oyentes, que quedaron estupefactos. Piero dibuja a Jesús en actitud de oración, con las manos juntas. A la izquierda añade a unos personajes, que son ángeles, aunque nada diga la narración. De esta manera resalta la divinidad especial del hecho, que deja a los mismos ángeles absortos.

Juan debió quedarse muy tocado pues dice el relato de Juan 1, 35 y ss. “Al día siguiente estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús, que pasaba, dijo: éste es el Cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús”. El cordero al que se refiere Juan no es otro que el del sacrificio pascual, que todos los israelitas hacían con un cordero por la fiesta de Pascua; y que rememoraba la liberación del pueblo de Israel de manos de los egipcios (Libro del Éxodo). El Bautista apunta a alguien que es el auténtico liberador: tal vez, el propio Mesías. Todos lo esperaban y Juan confesó que él mismo no era el Mesías. Aquí, sin embargo, lo señala a sus discípulos, para que le abandonen y vayan con Jesús.

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