Cristo yacente

Cristo ha muerto clavado en una cruz. Entre dos ladrones, flagelado, insultado y humillado, retorcido de dolor exhala su último aliento. A los pies de esa cruz, una Madre llora a su Hijo. Junto a Ella, las santas mujeres y su discípulo amado. Cae la noche. Solo, abandonado por sus amigos, colgado de un madero, frío y sin vida queda el cuerpo de Jesús.

José de Arimatea, discípulo oculto, pide permiso a Pilato para desclavar el cuerpo del maestro, dejándolo cuidadosamente en brazos de su Madre. Tratemos un momento de imaginar el sufrimiento de María, nuestra Madre, sacudida por el llanto, tal vez desgarrado, tal vez silencioso. Con qué dolor observaría el cuerpo de su Hijo depositado en la roca fría del sepulcro:

Jn 19, 39-42. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Jesús en el sepulcro, sin vida. Cristo yacente. Qué imagen tan recurrente en la iconografía religiosa. Carracci, Gregorio Fernández, Claudio Bravo… todos estos artistas, con su talento, nos sitúan ante el cadáver de Cristo. Nos ponen, a través de una imagen, frente a la realidad de la muerte de Jesús.

Este Cristo yacente de estilo hiperrealista destaca por sus cuidados detalles. La pintura de esta corriente artística consigue superar la realidad, hacerla más potente a través del detalle, las luces, los contrastes… Claudio Bravo, artista contemporáneo, hiperrealista y chileno, con tan solo lápiz y papel, logra abrir una ventana desde los ojos de María. Su obra, a escala casi real, es verdaderamente una imagen de aquello que contemplaría la Santísima Virgen minutos antes de cerrar el sepulcro de su Hijo.

El cuerpo de Cristo está limpio, ya no corre la sangre, las heridas lavadas. Se aprecia incluso la humedad de la piel en el dibujo del artista. Los discípulos ocultos que dan la cara por su maestro, bajan el cuerpo de la cruz y lo limpian. Solo nosotros, cada uno de nosotros, podemos limpiar sus heridas.

Qué serenidad transmite tu cuerpo yacente, Señor. Un remanso de paz y quietud que contrasta con la excitación del mundo. Mirarte y pensar que estás ahí por mí, que estás muerto porque me amas, porque deseas por encima de todo mi felicidad. Has perdido tu vida para darme a mí la Vida. Este es el misterio de amor, el que tiene da al que no tiene. Tú eres la Vida, y entregándote llenas mi nada. Ante esta imagen, ante tu muerte, solo puedo callar y decirte en silencio que quiero ser yo quien limpie las heridas de tu cuerpo, quien te desclave de esa cruz para arropar y calentar tu cuerpo frío con el pobre fuego de mi amor.

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