Asuncion Tiziano - La Asunción de la Virgen María. Tiziano

La Asunción de la Virgen es uno de los episodios más importantes en el devenir de Nuestra Señora. Fue elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios. En la Asunción de María se cumplen las promesas de Cristo. Aceptó con alegría la voluntad de Dios, confió de pleno en Él y eso fue lo que le llevó a alcanzar la Gloria.

La Madre de Dios y Madre nuestra, nos espera en la felicidad eterna. A través de María asunta los cristianos contemplamos el fin que todos anhelamos alcanzar, es nuestro ejemplo, nuestra esperanza, la victoria celestial ansiada en la tierra.

A pesar de que el suceso no está relatado en los Evangelios, su tradición se remonta a las primeras comunidades cristianas. Un conjunto de relatos orales y escritos se convertirán en el fundamento sobre el que la Iglesia establecerá desde el siglo IV la fiesta litúrgica de la Dormición, Tránsito o Traslación, y desde entonces se celebra como una de las grandes fiestas anuales.

Siglos más tarde, en el año 1950 el Papa Pío XII proclamó como Dogma este episodio mariano, en la Constitución Munificentissimus Deus, por el cual quedaba como verdad de Fe que “La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”.

La Asunción de la Virgen constituye una participación en la resurrección de Cristo, y un adelanto de la resurrección de los demás cristianos, así lo dice el Catecismo de la Iglesia. Es una anticipación de lo que nosotros deseamos, ser glorificados en cuerpo y alma y alcanzar la vida eterna junto a quien más amamos.

Una vez más, la Virgen se manifiesta a los cristianos como ideal, como figura y persona modélica, cristiana ejemplar. “María santísima nos muestra el destino final de quienes oyen la palabra de Dios y la cumplen” (LC, 11;28).

En una de sus preciosas Catequesis sobre la Asunción, el Papa San Juan Pablo II explicaba: “María Santísima nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas, donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial» (JP II, 15-agosto-97).

Iconográficamente hablando, el origen de esta imagen surgirá en Bizancio y se extenderá rápidamente por todos los territorios bajo la influencia política o cultural bizantina. Hasta el siglo XV aproximadamente, la escena estaba más asociada a la Dormición (Koimesis), el momento anterior a ser asunta al cielo. Fue tremendamente popular su representación, principalmente en la Edad Media, debido a la extendida devoción mariana que existía. A partir del siglo XV, se le representará de la manera que actualmente conocemos, siendo elevada a los cielos por una gran cantidad de ángeles, su mirada dirigiéndose a lo alto, vestida de manto azul, manifestando su pureza Inmaculada, y una serie de atributos que la caracterizan, propios de las letanías (espejo, luna, lirios, rosas, torre de David, etc.). Varias pinturas, principalmente del siglo XVII, son un ejemplo muy claro. A veces, en la parte inferior aparecen los apóstoles con el sepulcro abierto, con gesto de asombro y desconcierto.

La pintura que hemos elegido es la Asunción de Tiziano, un monumental óleo sobre tabla de casi siete metros de altura y más de tres metros y medio de anchura. En la inferior del cuadro están representados los Apóstoles, con los brazos alzados hacia el cielo, con la excepción de san Pedro, cuyos brazos están cruzados. Miran a la Virgen María, vestida de azul y rojo, mientras es asunta al cielo, rodeada de querubines que celebran la llegada de su Reina. Junto a Dios, que la está esperando, hay otro querubín sosteniendo la corona de la Gloria Santa.

Los tres planos en los que se divide la pintura están unidos por un efecto de luz insólito, y los personajes están representados en movimiento, con posiciones distintas: de frente, de espaldas o en escorzo.

La Asunción sigue siendo una escena totalmente actual, ya que la promesa de Cristo no caduca, no pasa de moda, ni se envejece. Todos estamos llamados a ese triunfo, a esa promesa celestial que la Virgen, por sus logros en la tierra, ya disfruta junto a su Hijo. Miremos siempre a María, miremos a nuestra Madre asunta al cielo, que nos recuerda por qué luchar y por qué vale la pena hacerlo.

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