El dolor era tan fuerte que podía oírlo

Pedro no tenía tanta puntería como para intentar cortarme solo la oreja. Vino a por mí decidido a que soltara a Jesús. Descargó toda su tensión acumulada y su miedo en mi casco. Mi oreja ya no cumplía su función un instante después. El dolor era tan fuerte que podía oírlo. Caí al suelo como si alguien hubiera arrancado un melocotón maduro. A plomo. Empecé a sentir mucho calor. Posiblemente la fiebre me subió. No tengo experiencia de que sucede en estas ocasiones. 

Hay que perder la oreja para oír de verdad

Lo que pasó después no se puede describir con palabras. Lo escuché de otra forma que no sé si lograré explicar. Es increíble pero hay que perder la oreja para oír de verdad. Perdí la noción del tiempo y del espacio. Solo pensaba y me concentraba en mi dolor que no podía frenar. Oía gritos. Posiblemente eran míos pero al escucharlos solo por un oído me sonaban diferentes. Recuerdo que juzgué al desconocido emisor como un hombre desequilibrado. Esa forma de proferir maldiciones no podía ser de alguien cuerdo y cabal. 

Entonces sucedió lo que no creo que sea capaz de narrar equilibradamente. Dicen que en el oído está el equilibrio y yo tengo vértigo desde entonces. Escuché a Jesús que me miraba y me decía sin palabras: Malco estoy contigo, quiero curarte, quiero que oigas todo lo que te quiero. Perdona al bruto de mi amigo. Déjame ayudarte y no se lo tengas en cuenta. Estaba aterrorizado y no se ha dado cuenta de lo que hacía. Ven, te recuperarás pronto y aunque vuelvas a oír, trata de no olvidar que lo importante no se escucha con las orejas, sino en el corazón que es donde escuchas todo esto. 

Jesús quería decirme lo que yo no podía escuchar

Cuanto tiempo he deseado que llegara este momento para decirte lo que no podías escuchar. Solo te creías lo que tus flamantes orejas te transmitían. Lo importante no se suele decir. Pero hay que escuchar los signos de lo que pasa en el interior.

De nuevo volví a escuchar más gritos pero ya no eran míos sino de mis compañeros. Estaban felices. Habían apresado al traidor, tenían lo que buscaban. Había que llevarlo al Palacio de Caifás lo más rápido posible. 

Sin darme cuenta me toqué la oreja con una gran prevención. Estaba allí intacta, sin dolor, sin sangre y sin sensación de haber faltado nunca. No me puedo tocar el corazón, pero sentía perfectamente que no estaba igual que antes. 

Sin darse cuenta Pedro me había hecho el favor más grande que podía, librarme por un rato de todo el ruido que escucho para poder oír la música que nunca quiero dejar de disfrutar. 

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