«Si este hombre fuera de veras un profeta, se daría cuenta de qué clase de persona es ésta que lo está tocando: una mujer de mala vida», (Lucas 7:36-50)

Estaba emocionado porque Jesús estaba en mi casa, hasta que llegó esa mujer…

Todo fue muy de repente. No me dio tiempo a pensar. Tampoco es que yo sea un gran pensador, pero en aquel momento me fue imposible organizar las ideas y sentimientos que bullían en mi interior. 

Estaba emocionado porque Jesús había venido a mi casa a cenar. Estar con él es una maravilla. Tenía ganas de preguntarle mil cosas. Y entonces, apareció ella. ¡Cómo se atrevía a entrar en mi casa! ¡Ella, a quien todo el mundo conocía, de quien todos sabían qué clase de mujer es…! y Él, ¿por qué la miraba así? ¿por qué no decía algo? ¿no se daba cuenta? Me estaba robando mi momento, mi oportunidad de lucirme. Tenía al Maestro en mi casa y de repente se presentó ella echando por tierra todos mis sueños e ilusiones. Llenó la casa del perfume que traía. Puso todo perdido, se tiró al suelo, no paraba de llorar…

Juzgué en mi interior a esa pobre mujer y a Jesús por acogerla

Yo no estoy acostumbrado a este tipo de espectáculos. Pienso que no sirven para nada. Lo que importa son las obras y las de esa mujer no se pueden ni contar. Me da vergüenza solo pensar que se coló en mi casa sin pedir permiso. Pero lo mejor estaba por venir. A pesar del enfado tremendo que tenía encima no me atreví a decirle nada a Jesús. Me limité a juzgar en mi interior a esa pobre mujer y a Jesús por acogerla y dejarse lavar y tocar por ella. 

Jesús me miró y supe que conocía mis pensamientos y mis sentimientos. Me avergoncé de ser así de ruin. Pero Jesús no me lo echó en cara. Estaba tratando de hacerme ver lo fácil que es arrepentirse. Basta un segundo, un movimiento insignificante del corazón, medio paso hacia delante. 

Jesús me enseñó el tesoro del arrepentimiento y la libertad de ser yo mismo

Cuando Jesús me dijo todo lo que echaba en falta caí en la cuenta de mi error. Vi toda la belleza de esa mujer junta y mi miseria apretada en mi corazón diminuto. Ella era un frasco usado, pero lleno de un perfume impresionante. Mi frasco brillaba y resplandecía, pero estaba lleno de podredumbre. Sin embargo, no me sentí pequeño. Jesús me reconfortó. Me hizo ver lo cerca que estaba, si quería, de hacerle muy feliz. Bastaba con mostrar arrepentimiento y dejarme querer como soy, mezquino, chismoso y envidioso. 

Aquella mujer llenó mi casa de una fragancia que nunca había experimentado. La libertad de ser yo mismo. Dejé de aparentar ser un buen fariseo y traté de abrir mi frasco. Ahora me es muy fácil no juzgar a nadie. Basta que recuerde aquel olor, aquellas lágrimas y aquellos cabellos. Cuánto amor en un frasco quebrado. En cambio yo, un recipiente de basura. Un frasco viejo con un líquido podrido, desperdiciado.  

Ahora busco corazones rotos para ayudarles a sanar

Pero Jesús me limpió, me llenó de un nuevo perfume y me regaló una misión: buscar los corazones de quienes se juzgan a sí mismos y se condenan sin piedad. Me pidió ayudarle a sanar las almas rotas de los que se cierran al perdón. El mundo está lleno de vidas quebradas, condenadas por sí mismas a no tener esperanza y hace falta con urgencia quien les despierte. La experiencia en esto es la mejor maestra. Nadie mejor para ayudar que quien ha sido llenado de la fragancia suave y limpia del perdón. Nadie más capaz que quien ha sido curado por el aroma siempre nuevo de Jesús. Esa pecadora fue el instrumento divino para abrir mi herida y sanar mi dolor.

Ahora me apremia el amor de Cristo. Quiero que nadie más vuelva a lamentar haberse corrompido. Quiero estar cerca de cada uno de esos corazones llenos de porquería para decirles que, si quieren, ahora viene lo mejor. Que no se juzguen a sí mismos y que le dejen a Dios hacer las cosas a su manera, que es la más rápida, limpia y divertida. 

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