¿Eres perezoso, orgulloso, soberbio? ¿Te das cuenta que te cuesta mucho querer a las personas, ser paciente…? ¿Ves a los santos y piensas: “¡Wow, yo nunca podría ser tan bueno!”? ¡Felicidades, ese es el primer paso para ser santo!

1. El primer paso para ser santo es reconocer nuestra debilidad

¿Por qué digo esto? Pues porque para ser santo, lo primero que tenemos que reconocer es que somos débiles y quebradizos. Reconocer nuestra debilidad es el primer paso para que vayamos corriendo a los brazos de Dios y le gritemos: “Ayúdame, no puedo hacer esto solo/a, necesito de Ti.” Y Él entonces, encantadísimo de la vida, nos tomará en sus brazos y hará por nosotros esas cosas que reconocemos que no podemos hacer.

2. Que tus caídas sean un muelle para llegar más arriba

Muchas veces Dios permite que pequemos para que seamos humildes y nos demos cuenta de lo débil que somos. “¿Cómo es posible que YO haya hecho esto?”, nos preguntamos muchas veces. La respuesta es: porque somos débiles y humanos.

3. Solo no puedes, pero con Dios… es otro cantar

Reconocer esto, va a ser el primer paso para empezar una vida de santidad. Porque es ahí cuando nos demos cuenta de que necesitamos de Él. Necesitamos que Él viva en nosotros para que Él pueda amar y vivir a través de nosotros.

4. Más que en hacer, la santidad consiste en dejarle hacer

“Pero entonces, ¿qué es lo que puedo? ¿dónde está el poder del hombre? El poder del hombre se encuentra, fundamentalmente en el deseo. El secreto del hombre está en reconocer que lo propio de Dios es hacer y que lo propio del hombre es ser hecho, y lo que le permite ser hecho y recibir es desear; desear lo que no tiene y Dios le puede dar.

(…)

«Quién no lo ha experimentado con sus padres. Dios lo tiene todo en sus bolsillos. Lo nuestro es encontrar la manera de conmoverle para que nos conceda algo de lo suyo. Usamos expresiones que delatan actitudes erróneas: «Estoy luchando por ser santo». Olvidémonos. Lo propio del hombre es recibir.  No consiste en luchar. No consiste en luchar, sino en recibir la santidad del único que es Santo. El único santo es Él. Continuando la imagen, Él tiene la santidad, por así decirlo, en los bolsillos. Nuestro único acceso a la santidad es desearla. Si la deseamos, la recibiremos. Eso sí, de la manera y en el momento en el que Él quiera, dejándonos llevar por Él, sin  dictarle la hoja de ruta, adaptándonos a su querer para cada uno, aceptando la propia realidad».

«Pero no olvidemos que las cosas que Él nos da, nos la da en préstamo. Son suyas. La humildad que yo pueda disfrutar, el gozo de amar a los demás, la fe que pueda disfrutar- sea poca o mucha, sea más o menos luminosa-, todo eso es algo que tenemos recibido como en préstamo. No es mío, tan solo lo tengo como recibido. No me puedo apropiar de nada de lo que Dios me va dando.”

Sección de libro “Santos de Mierda”, por Jose Pedro Manglano.

5. Necesitamos ponernos a tiro de Dios y dejarle entrar al Espíritu Santo en nuestro corazón

Cuando nos demos cuenta de que el único santo aquí es Dios, entonces, empezaremos a acercarnos a Él. Ir a Misa y rezar dejará de ser una lista de cosas por cumplir y empezará a ser un medio para acercarnos a Él y que sea Él quien viva en nosotros.

«Seguid unidos a mí, que yo lo seguiré estando con vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no está unido a la vid, así tampoco vosotros si no estáis unidos a mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí y yo en él, da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada.» Juan, 15 –

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