En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio» (Mt 8, 2-3).

He tenido la suerte de decir las dos palabras que más gustan a Jesús: si quieres. Yo era un leproso, un descartado. Todo el mundo apartaba la vista de mi. Todos se alejaban. Yo les comprendía perfectamente. Lo había hecho durante años. No muchos, porque soy joven. Tengo dieciséis y llevo cuatro enfermo. Cuando era pequeño a veces era cruel. Mis amigos y yo perseguíamos a los leprosos cantándoles burlas.

… esas dos palabras le llegaron muy dentro

Ahora me doy cuenta de lo insensato que era. No entiendo qué buscaba. Quizá era una forma de parecer valiente o gracioso ante mis amigos. Puede ser que despreciara a esas pobres almas por la mala suerte que han tenido. Ahora solo sé que la lepra para mi fue el motivo de encontrarme con Jesús y descubrir su contraseña: si quieres… Vi su reacción y puedo asegurar que esas dos palabras le llegaron muy dentro, le afectaron. Vi cómo se transformó su rostro, cómo se llenó de fuerza y de alegría contenida. Era un reto a su bondad, una oportunidad para que su misericordia actuara, una excusa para que su ternura se expandiera.

Comprobé que había acertado de lleno: apelar a la libertad de Jesús era una opción ganadora. No había otro motivo mejor para hacer lo que hizo que sus ganas de curarme. Eso hacía que mi curación fuera especialmente agradable.

Había juzgado a los leprosos

Al principio yo me había revelado contra ella. No me parecía justo que me tocara a mí pero no me había importado nada que les tocara a otros. Por eso, en los primeros meses le exigía a Dios, las pocas veces que rezaba, que me curara. Trataba de ponerle entre la espada y la pared. Entonces fue cuando me di cuenta de que el único injusto era yo. Había juzgado a los leprosos sin pensar en ellos, los había condenado y en el momento de padecer yo esa condena había buscado otro culpable: Dios. Eso sí que era absolutamente injusto. Me imagino que Dios aguantaba mis impertinencias e incluso las consideraba como muestras de confianza: Él es capaz de darle la vuelta a cualquier cosa.

Poco a poco, con su ayuda y la de mi madre, dejé de encararme con él, de reprocharle mi enfermedad. Pasé a verla como un reto, como una oportunidad, como una forma de acercarme a los leprosos y cuidarles. Se me abría un panorama inmenso. Dios es mucho más grande que mi visión a corto plazo, llena de tinieblas y niebla. Yo no era Dios y no tenía que salvar a nadie. Mi único propósito era dejarme querer por Dios, incluso siendo un leproso, un descartado. Descubrí que era mucho más sencillo recibir amor que tratar de ganarlo o incluso comprarlo, cosa que no había parado de intentar en los últimos años.

La fórmula secreta del mejor amor a Dios

Por eso, aquel día me salió solo decirle «si quieres» y comprobé que esa era la fórmula secreta del mejor amor a Dios porque su voluntad, su inteligencia y su corazón solo viven para eso, para amarme con toda la divina locura de su cariño.

Jesús me dijo que nada de irlo contando por ahí y puedo decir que intenté cumplirlo. Solo se lo dije a mi madre y le pedí que no se lo dijera a nadie. Se lo fue contando a todo el mundo con la misma condición y todos fuimos incumpliéndola y pidiendo al siguiente que no lo contara. No estoy seguro si Jesús lo hizo queriendo o realmente no quería que lo contáramos. El hecho es que se enteró todo el mundo del secreto. No es nada fácil guardar una alegría tan grande.

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