Otro sábado, entró él en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada (Lc 6, 6).

Mi mano derecha estaba paralizada. Desde que me acuerdo la tengo así, pero mi padre me ha contado muchas veces que todo sucedió cuando tenía cinco años. Poco a poco fui perdiendo movilidad hasta que ya no podía moverla.

Durante mucho tiempo no terminaba de acostumbrarme a no poder contar con ella. Me costaba no poder acariciar, no poder llevar a nadie en brazos o no ser capaz de llevar de la mano a nadie …

Dios, con el tiempo y su paciencia, me hizo ver que mi mano era más activa de esa forma, que con ella podía acariciar los corazones, podía llevar el dolor de los demás, podía ser mucho más fuerte que nadie. Siempre tenía, lógicamente, momentos de desánimo. A veces me daba vergüenza que se notara cómo era mi mano, sobre todo cuando había gente que no me conocía. Dios me enseñó que el mayor bien que podía hacer a los que tenía cerca era dejarme ayudar, pedir apoyo, hacerles sentirse útiles y serlo de verdad.

Cuando apareció Jesús no sabía ni cómo ponerme. Inexplicablemente me daba vergüenza que me viera la mano. El se acercó, la tomó entre las suyas y me la besó. Sentí que se fortalecía. Sentía la suya perfectamente, grande, fuerte y curtida. Incluso la podía apretar. No quería soltarla y estuve agarrado a él todo lo que pude.

Jesús, sin palabras, me hizo ver que ahí no terminaba el milagro, sino que era donde verdaderamente empezaba. Él no se contenta con hacer las cosas a medias. No le gustan las chapuzas. A mí tampoco, todo sea dicho. Me dijo que la mano era algo muy importante pero que lo más importante era que se pudiera mover mi corazón, que no tuviera miedo a dejarme querer. La mano paralizada me hacía vulnerable pero era un regalo en realidad. Mi corazón frágil, sensible hasta el extremo, aunque reservado y frío por fuera, era mi mejor talento. Ahora me doy cuenta de que Dios quiso desatarme del todo, me necesitaba libre. No me quiere agarrotado, replegado sobre mí, encerrado. Me quiere acariciando el mundo, llenándolo de su paz y su ternura. Susurrando a sus oídos que Dios nos ama a cada uno como no podemos ni siquiera imaginar, soñar o desear. No sé cómo voy a hacerlo porque me muero de vergüenza sólo de pensar en esas cosas y no sé cómo se lo voy a contar a la gente sin ponerme muy rojo.

Entonces como si leyera mis pensamientos me dijo que era muy sencillo: el truco era dar las gracias muchas veces, ser un hombre agradecido. No entendía nada: ¿qué tendrá que ver el agradecimiento con dejarse querer y con un corazón reservado o agarrotado? Entonces intuí que sólo quien da gracias reconoce todo lo que le dan, sólo quien da las gracias se abre a los dones, solo quien da las gracias es verdaderamente amable. Da las gracias pero con ello hace un regalo muy grande a los demás, les permite amar y ser muy felices. ¿Qué más se puede pedir? ¿Por qué Dios es siempre tan ingenioso? ¿Por qué lo hace todo tan fácil y sencillo? Dios me devolvió la mano pero me pidió el corazón. No pude negárselo. Sabía que me haría tan feliz… Solo a él se le ocurren estos trueques, solo él puede ser tan gracioso, solo él tiene estos atajos. Mi mano paralizada fue un regalo pero era diminuto comparado con lo que me ofreció al cambiar mi corazón. Gracias Jesús, nunca me acostumbraré a tus sorpresas. ¡No quiero hacerlo por nada del mundo! Eres el mejor.

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