… una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó …» (Lc 11, 27)

Soy muy inquieta. Mi madre decía que demasiado lanzada. No tengo mucha vergüenza y digo todo lo que se me ocurre. En general me importa un bledo lo que piense la gente. A veces eso me causa problemas pero creo que es una ventaja porque nunca desconcierto demasiado a los demás: ya saben lo que esperar, je, je.

Aquel día Jesús había estado curando a muchos enfermos y echando demonios. Todo el mundo estaba encantado. Además nos habló de cómo nos quiere Dios y cómo desea que le amemos. Nunca habíamos oído nada igual y además su testimonio tiene una fuerza especial, una autoridad tremenda porque se ve que es algo vivido, real, espontáneo, muy fresco.

De repente se hizo un silencio y me escuche decir: ¡¡¡viva la Madre que te trajo al mundo!!! Muchos se animaron y se unieron: ¡¡¡vivaaaaaa!!! Fue emocionante y Jesús sonrió buscando a la culpable del alboroto. Hacía siglos que no me ponía roja pero ese día sentí la mirada de cariño de Jesús que me descubría y entonces todas mis barreras se cayeron. Toda mi pose de mujer fuerte, valiente y lanzada se desarmó. Me vi niña delante de él, vi su cara de alegría, le había divertido lo que dije y se veía que le encantaba. Alcancé con la mirada también a María que se ruborizó. Creo que eso fue lo que me hizo a mí también ponerme como un tomate.

Jesús entonces empezó a hablar muy suave y las risas y las voces cesaron inmediatamente. Se hizo un silencio mágico. Su voz acariciaba nuestros oídos y ensanchaba nuestros corazones. Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra. María divertida me miraba con cara de pilla. Era como si me dijera: ya verás cuando te pille a solas, mientras movía la mano como si me diera un cachete.

Me di cuenta de que Jesús nos introducía así en su intimidad, nos avisa la puerta de su corazón, nos contaba erró secreto de su madre. María estaba guapísima así un poco azorada por haberse convertido en el centro de la conversación pero su hijo lo hizo tan delicadamente que enseguida todas las miradas volvieron a él. Acababa de echarle el mejor piropo que se puede decir a una madre pero casi nadie se había dado cuenta. Es tan elegante Jesús, tan discreto, tan majo. Vaya familia, menudos tres.

Al salir Jesús me quedé un rato con María que me pagó mi travesura con un abrazo que nunca voy a olvidar. Eres un peligro público, me dijo. Cómo se te ocurre!!! Menos mal que Jesús tiene salidas para todo. Ojalá que tú y yo, terminó, sepamos guardar su palabra en nuestros corazones y hacerla realidad. Eso le hará muy feliz y a nosotras ni te cuento!!!

Le confesé a María que me encantaría que mis hijos fueran como Jesús, tan cariñosos y tan majos como él. Ella me aseguró que con una madre así no tenía ninguna duda de que serían muy buenos discípulos de Jesús y me llenarían de orgullo. Yo repetiré en unos años – me aseguró – la bobada que tú has dicho y me vengaré, no te creas que esto va a quedar así.

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