LA RESURRECCIÓN

El misterio más grande del cristianismo es la resurrección de Jesús. La razón humana no alcanza a comprender. Tampoco se pide al lector que lo crea y ni siquiera que lo comprenda, ya que el fin de este escrito es dar a conocer las claves para entender el contenido del arte sacro, sin que por ello deba asentir a los misterios. Pero vale la pena cuestionarse lo que hoy creen dos mil doscientos millones de cristianos en el mundo.

Narra el nuevo testamento (Marcos 16, 2) que, en el momento de despuntar el alba, una vez transcurrido el Sabbath, el Maestro salió de la tumba sellada, con todo su poderío y enorme gloria, sin que los soldados que vigilaban el sepulcro pudieran hacer nada. Hay muchas representaciones que dibujan a los soldados desmayados por el exceso de deslumbramiento del resucitado. El Maestro permaneció en el sepulcro poco más del tiempo que dura el descanso del sábado. Quizá la interpretación sea la de que caigamos en la cuenta de cuán efímero será el trance de la muerte para los que creen.

Pericle muestra el culmen de la fe cristiana en una gigantesca escultura en bronce, donde el Maestro se alza desde su tumba, rodeado de belleza, gloria, majestad y poder. Es como una explosión irrefrenable. Unos rayos radiales quieren transmitir la excepcionalidad del suceso, así como la increible fuerza del resucitado, que vence las tinieblas de la muerte y que, como dice Shakespeare es “el país del que ningún ser humano ha retornado” (Hamlet, Acto III, escena I).

El autor quiere hacernos ver la inequívoca trascendencia del hecho. Pablo de Tarso dirá en sus epístolas: “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Corintios 15, 14). Es el núcleo de la doctrina cristina, que arroja esperanza sobre nuestra aparente temporalidad.

Los cristianos celebran el acontecimiento, con cincuenta días de festejos interiores y llenos de alegría. Es lo que se denomina el tiempo Pascual, costumbre heredada del pueblo judío. Pero la víctima ya no será un animal, sino Jesús mismo, que además derrota el abismo de la nada que supone el fallecimiento. Imposible entender sin fe, pero al menos se puede intentar comprender lo que significa para los cristianos, a los que colma de esperanza y alegría. No todo acaba aquí. Hay un más allá, y se tiene a alguien que lo ha podido contar. ¿Qué más puede querer un ser humano ante la única inexorable verdad que conocemos de nuestro futuro?

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