LA ORACIÓN DE JESÚS EN EL HUERTO

Tras la cena, el Maestro hizo partícipes a sus discípulos de su deseo de rezar. Mientras tanto, Judas se había extraviado en la noche de luna llena –la primera luna de primavera era la fecha de la Pascua en el pueblo judío–, entre las sinuosas callejuelas de Jerusalén, para buscar a aquellos que querían perder a su Maestro. Supongo que se taparía el rostro con el manto para no ser reconocido. Acaso caminaría cabizbajo y presuroso y sentiría el resquemor propio de la traición en su frente sudorosa.

Un lugar al que el Maestro solía acudir a rezar con agrado era un huerto junto al pequeño torrente llamado del Cedrón. A Jesús le invadió una enorme angustia, viendo que iba a ser traicionado por uno de sus allegados. A la luz de la luna cruzaron el tenebroso torrente, llegando a un olivar. Junto a la cerca se quedaron todos los discípulos salvo Juan, Pedro y Santiago, que se internaron un poco más por expreso deseo de Jesús. Eso nos quiere indicar el fresco. Unos cuantos discípulos dormitan en un lugar y los tres citados están junto al Señor. El Maestro no quiere quedarse solo. Se escucharían las primeras cigarras de la primavera y los sonidos del campo; algún ladrido en alguna Villa Romana cercana. Jesús se pone a orar. Su oración está embargada por la pena y el miedo. Oraba intensamente. Sus discípulos no pudieron soportar la hora tardía, el templado ambiente y el aturdimiento del vino, quedándose dormidos (cfr. Mateo 26, 36 y ss.).

Entre tanto, Jesús persistía orando, previendo el momento cercano de su muerte. Su semblante y aún todo su cuerpo manifestaba inquietud, zozobra, temor ante el dolor futuro; pero, pese a un sudor que incluso rompió sus vasos capilares por la angustia, aceptaba la voluntad de Dios Padre, en medio de tantísima amargura. Se sentía en soledad, abandonado. Se acercó a sus discípulos para que intercediesen ante Dios por él. Estos pobres hombres estaban vencidos por la pena y el sueño. No alcanzaban a comprender plenamente el por qué de tanta tristeza. Pero el Maestro se queja de que, atrapados por la somnolencia, le dejen solo en su angustia. El artista pinta con ingenuidad cómo el Maestro va y viene –en un profético lenguaje cinematográfico– a ver a sus discípulos, en los que, desgraciadamente, no encuentra consuelo. La narración nos dice que un ángel se apareció a su vera y le brindó algo de sosiego. Difícilmente un hombre puede sufrir tanto ante esa inmediata espera de tortura, traición, mentira, desprecio e injusticia. Pero se quiere insistir en que Jesús ama el querer de su padre Dios, al que en ese momento llamó, con amor fuerte pero a la vez pueril, «abbá», que en arameo significa, «papá» (cfr. Marcos 14, 36).

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