Querido Lucas:

Me siento un poco aturdido por tu carta pidiéndome que te hable de María.

Marta y María, mis hermanas, me han vuelto a decir lo de siempre: que soy tonto. Yo he terminado por creérmelo aunque no se me sube a la cabeza. Dicen que yo era el preferido de María, la madre de Jesús, y que no me doy cuenta, que estoy en la parra: «Estás empanado, Lázaro, despierta de una vez».

Yo no entiendo mucho porque María me ha elegido a mí pero ellas estoy seguro de que no mienten, al menos a propósito. Ni mi salud ni mis talentos han despertado nunca la envidia de nadie. Esto, aunque no lo parezca, es una ventaja. Solo María parecía entusiasmada conmigo.

Nunca he visto a nadie dar las gracias como ella. No sé qué tiene pero te hace sentir lo más importante del mundo. Cuando estoy con ella me vengo arriba. Sin ella no soy nada.

Me dices que te hable de sus oídos, de sus pequeñas orejas. Muchas veces me he preguntado porque eran tan pequeñas y, a la vez, podían escuchar hasta los susurros más suaves. A veces tenía la sensación de no haber dicho algo, sino solo haberlo pensado y ella parecía que lo había oído perfectamente. Me miraba con su sonrisa amable y pícara, haciéndose cargo como nadie en el mundo.

María siempre escuchaba cuando alguien llamaba, cuando alguna pedía ayuda desde la cocina, cuando yo no conseguía dormir. Muchas noches aparecía de madrugada en mi habitación para traerme una manzanilla. ¿Cómo sabía que estaba despierto? Oído de madre.

Además, María es la persona que más escuchaba de todas las que conozco. Se quedaba con todo lo que le decías, recordaba hasta el más mínimo detalle, aunque estuviera cosiendo y le habías interrumpido. Todo le interesaba, si era parte de mi vida. Hasta las bobadas que no puedo ni contar a mis hermanas, a ella le hacían reír.

En cambio a ella no se le oía. Cuando caminaba, nunca se hacía notar. Las puertas las cerraba tan suavemente que ni te dabas cuenta de que había salido. No le he oído levantar la voz nunca. Era muy dulce. En el fondo, no se imponía.

Siempre estaba a la escucha. Todas tus palabras se quedaban, eso se nota, guardadas en su corazón.
Cuánta paz me daba hablar con ella. No me solía decir nada: simplemente me escuchaba, me atendía, me comprendía y me acompañaba.

Salía siempre «solucionado», mis problemas se disolvían en sus oídos aunque no me dijera más que un «pobre, qué mal lo has tenido que pasar». Quería tenerla siempre cerca.

Muchas veces siento, incluso ahora, que me escucha aunque yo no hable. Es como si escuchara mi corazón y oyera cualquier palpitación. Tú, querido Lucas, debes saber de esas cosas del pulso y la tensión. María parece que la adivina.

Bueno Lucas, cuando pases por aquí no te olvides de traerme las hierbas esas que me ayudan tanto a dormir bien. Cuídate y gracias por lo que estás haciendo.

Nunca te lo podremos pagar. Un abrazo fuerte de tu amigo y paciente,

Lázaro

 

Esta carta forma parte del proyecto Cartas a san Lucas, en las que el autor, Diego Zalbidea ha imaginado qué dirían de la Madre de Dios los que más de cerca la trataron. Las cartas han sido escritas para ayudar a soñar y a rezar. Pero no se trata de aportar una hipótesis ni una posible versión de los hechos. El libro electrónico «Querido Lucas», que contiene todas las cartas se puede descargar de forma gratuita.

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