Superar los miedos

El mayor enemigo en la vida de muchas mujeres son a menudo los miedos que llevan dentro. Sofía M. ha escrito un texto fascinante contrastando los miedos de la
niña con los de la mujer adulta. Mientras en la infancia quienes nos acompañan disipan con facilidad esos miedos, cuando se es adulta ya no sirve recurrir a otras personas para eliminarlos. Se trata siempre de una victoria personal. «
Ahora soy yo quien responde» es un texto en el que un teléfono que no funciona representa la situación angustiosa de la persona adulta que no puede encontrar la respuesta a sus miedos fuera de sí misma.

Ahora soy yo quien responde 

El número marcado no existe, se oía al otro lado del teléfono. El número marcado no existe. Antes, cuando tan solo era una niña, siempre había una respuesta. Sin embargo, ahora ya no. Ahora le respondía una voz metálica que seguida de un pitido agudo acababa con sus esperanzas de escuchar una palabra cálida a través del aparato, de escuchar una voz que paliase su dolor y sus miedos, esos que ahora le perseguían y a los que no sabía hacer frente. 

anne nygard uSCRWF07JWI unsplash 300x200 - Ojalá el miedo a no ser suficiente no pueda contigo

El monstruo que se escondía dentro del armario.

Los miedos que todos hemos tenido

Sentada en un banco, viendo a la gente pasar sin ni siquiera mirarla, pensaba en su infancia. La niña que recordaba, esa niña que vivía entre libros, que corría a través de campos verdes infinitos, siempre había sido presa de los típicos miedos infantiles: el miedo a la oscuridad, a las tormentas o al monstruo que se escondía dentro de su armario. Sin embargo, los miedos de la adulta en la que se había convertido eran muy distintos. 

Los miedos reales

Los que ahora le invadían eran mucho más reales y ya no podía acabar con ellos encendiendo una lámpara, acurrucándose junto a sus padres o llamando a su madre para que comprobase que en el armario no se escondía, efectivamente, el temible monstruo que acechaba en su imaginación. 

Hundida en sus recuerdos, de manera involuntaria, volvía a marcar en el teléfono aquel número inexistente: El número marcado… y colgaba de nuevo. Tras ese nuevo intento, trataba de recordar el momento exacto en el que aquellos miedos de la niñez, tan sencillos, habían degenerado hasta convertirse en el pesado yugo de la mujer que era hoy, y la razón por la que habían conseguido arraigarse tan profundamente dentro de ella hasta desfigurarla. Desfigurarla hasta el punto de distorsionar sus pensamientos y, con ellos, su realidad. Desfigurarla hasta el punto incluso de anularla. Y todos ellos giraban en torno a uno concreto: el miedo a no ser lo suficiente; a no ser lo suficientemente guapa, lo suficientemente inteligente, lo suficientemente capaz, lo suficientemente buena hija, madre, amiga, hermana, o buena profesional. 

Ya no hay un teléfono que de una respuesta tranquilizadora

Y no había llamada capaz de darle una respuesta que ahuyentase ese miedo. Porque cuando una se hace mayor, cuando se ve obligada a enfrentarse a las complicaciones de la vida, cuando de verdad conoce la profundidad de la oscuridad, las tormentas se vuelven tempestades y los monstruos ya no se esconden en un armario sino en una misma, ya no hay un teléfono que pueda  dar una respuesta tranquilizadora. Ya no hay teléfono, como en la infancia, que proporcione la solución marcando nueve dígitos, a pesar de que la oscuridad le impida ver su valía, las tormentas todavía le obliguen a esconderse asustada como cuando era un niña y los monstruos se empeñen en recordarle que nunca será lo suficiente, que su vida será siempre una búsqueda frustrada por encontrar la respuesta a esa pregunta irresoluble. Ya nada ni nadie podía proporcionarle aquella respuesta que tanto buscaba. Nada ni nadie más que ella misma mirando hacia dentro, buscando luz en la propia oscuridad, dejándose empapar por la tormenta y mirando a los monstruos a los ojos para acabar, por fin, con ellos.

El descubrimiento

Sentada en ese banco, descubrió que aquel teléfono ya nunca más respondería y, sin embargo, encontró la respuesta que tanto buscaba en sí misma al comprender que su rumbo estaba ya fijado desde dentro. Mirando el teléfono con la firmeza y la valentía de quien sabe que ya nunca volverá a mirar atrás, lo lanzó lo más lejos que pudo y comenzó a caminar.

 

Sofía Meana y Jaime Nubiola

 

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