Como ya vimos en una entrada reciente, la Iglesia considera la adoración como un aspecto esencial en el culto eucarístico. Poco a poco, “por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas” (CCE, n. 1379).

Sabemos que el trato con Jesús en la Eucaristía no se limita al momento de la comunión, sino que se extiende más allá de su celebración eucarística: “Conservando con la máxima diligencia las hostias consagradas, presentándolas a la solemne veneración de los fieles cristianos, llevándolas en procesión con alegría de la multitud del pueblo cristiano» (Pablo VI, Mysterium Fidei, n. 56). Detallemos la cita de Pablo VI con un breve recorrido histórico de las manifestaciones externas de nuestra adoración.

1) Conservar con máxima diligencia a Jesús Sacramentado

La Iglesia siempre ha conservado con máxima diligencia el Santísimo Sacramento para dar la comunión a los ausentes o para llevar el viático a los enfermos. Era una práctica habitual entre los primeros cristianos, como testimonia san Justino (Apología 1, 65; 67).

Gracias a la paz constantiniana (313 d.C.) fue posible la construcción de edificios destinados para el culto. La llegada de herejías eucarísticas despertó a los teólogos para explicar el misterio eucarístico. Y, con el paso del tiempo, sucedieron algunos milagros eucarísticos en Europa. Todo esto (y otras circunstancias imposibles de reseñar aquí) hicieron que la Iglesia fuera tomando conciencia de la maravilla de la Reserva Eucarística.

La reserva eucarística

En un primer momento, la reserva se realizaba en sacristías fuera de la iglesia. Posteriormente – a partir del s. XI-, se difunde el uso de reservar en colombas (pequeños vasos en forma de palomas), colgadas en un baldaquín sobre el altar en el interior de la Iglesia. También se extiende el uso de lámparas votivas con las que se indica y se honra la presencia de Cristo (CIC 940). Estas costumbres darán lugar a lo que hoy conocemos como sagrarios (tabernáculos), colocados en un lugar digno de la iglesia para subrayar y manifestar la verdad de la presencia real de Cristo (CCE, n. 1379).

El entonces cardenal Ratzinger afirmaba al respecto:

Solamente cuando la luz de lo eterno prendió en las lámparas de las iglesias y el sagrario fue colocado junto al altar, entonces brotó la semilla del misterio, la plenitud del misterio eucarístico asumido por la Iglesia (Eucaristía centro de la Iglesia).

Y en otro lugar expresa:

Una iglesia sin la presencia eucarística está en cierto modo muerta, aunque invite a la oración. Sin embargo, una iglesia en la que arde sin cesar la lámpara junto al sagrario, está siempre viva, es siempre algo más que un simple edificio de piedra: en ella está siempre el Señor que me espera, que me llama, que quiere hacer «eucarística» mi propia persona (El espíritu de la Liturgia)

2) Procesiones eucarísticas

También al llevar a Cristo Eucaristía en procesión Dios nos sigue haciendo más eucarísticos. Estas procesiones surgen desde el s. III, al trasladar alguna partícula del pan consagrado. Se quería expresar de modo visible la unidad de la Iglesia a través de la comunión de un único pan (todavía se mantiene de manera simbólica este rito de unidad en la Misa actual cuando el sacerdote introduce un trozo de pan en el cáliz, conocido como la inmixtio).

Será en 1085 donde los monjes de Canterbury comiencen a realizar el traslado del Santísimo por Semana Santa con mayor solemnidad. La primera procesión del Corpus Christi tiene lugar en la localidad belga de Lieja (1246). Esta costumbre quedará institucionalizada como fiesta eucarística para toda la Iglesia por el Papa Urbano IV, con la Bula Transiturus (1264). Tomás de Aquino recibió el encargo de componer el Oficio que sintetizara la doctrina del Dios escondido.

3) Presentar a Jesús Sacramentado para solemne veneración

La procesión del Corpus se hacía llevando una arqueta, pero el deseo de ver el Cuerpo del Señor dio paso a la custodia u ostensorio. En el s. XIV se deja la custodia con el Santísimo sobre el altar para que la gente mire y adore. Nace entonces la exposición sacramental y bendiciones con el Santísimo con la que se presenta a Cristo para solemne veneración. Todos los santos han manifestado su amor a la Eucaristía acudiendo a su encuentro, como San Alfonso María de Ligorio, que en el s. XVII será uno de los principales difusores de las visitas privadas al Santísimo y de las comuniones espirituales.

¡Visitar a Jesús Eucaristía!

El deseo de recibirle y de estar siempre delante de su Presencia debe arraigar en nuestras vidas. Terminamos con tres citas que manifiestan este deseo:

Siendo el pan una comida que nos sirve de alimento y se conserva guardándole, Jesucristo quiso quedarse en la tierra bajo las especies de pan, no solo para servir de alimento a las almas que lo reciben en la sagrada Comunión, sino también para ser conservado en el sagrario y hacerse presente a nosotros, manifestándonos por este eficacísimo medio el amor que nos tiene (Alfonso M. de Ligorio, Visitas al Santísimo Sacramento, 2)

La visita al Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor (Beato Pablo VI, Mysterium fidei, CEC 1418)

La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración (San Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae3).

 

BIBLIOGRAFÍA:

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