Como se desprende de los Evangelios, el Domingo de Ramos, Jesús entró solemnemente en Jerusalén. Fue recibido con entusiasmo por el pueblo, testigo de tantos milagros que Él había obrado en su favor. Esto encendió la ira de los escribas y fariseos contra Jesús. Pasó Jesús todo el domingo en la ciudad y, al atardecer, se fue a Betania, como a tres kilómetros de distancia. Cenó con Simón el leproso (Jn 12, 1-11) y María le ungió con perfume de nardo; por su parte Judas fue a hablar con el Sanedrín para ponerse de acuerdo y entregarle.

La Iglesia ha vivido este domingo de distintas maneras a lo largo de su historia. Se dan en el Domingo de Ramos dos elementos desconcertantes. Comienza la pasión de forma triunfante, con esos ramos de olivo que evocan tantas cosas buenas pero que dejan paso a la lectura de la Pasión del Señor. Ocurre así justo al revés de la celebración judía de la Pascua. En esta se festejaba la victoria de la liberación ante los egipcios, y del mismo Triduo Pascual en el que el dolor del Viernes deja paso al triunfo de la Resurrección. Este domingo aparece como una celebración anticipada del Viernes Santo.

Domingo de Ramos: fin de la Cuaresma y comienzo de la Semana Santa

Domingo de Ramos marca el fin de la Cuaresma y el inicio de la Semana Santa, tiempo durante el cual celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. La celebración de este día tiene dos momentos importantes: la procesión de las palmas y su bendición y la lectura de la Pasión. Así une en la celebración para que también se una en nuestra vida que la Cruz está omnipresente, que la gloria tiene sus raíces en forma de Cruz. Por estar tan presente y de una forma muy marcada la Pasión del Señor el color litúrgico de este día es el rojo. Entró en Jerusalén para padecer, morir y resucitar allí. 

La Semana Santa: ¿qué hizo Jesús, según se desprende de los Evangelios?

La liturgia del Domingo de Ramos

Esto tiene una explicación histórica: el rito actual procede de dos familias litúrgicas. Por una parte, la de Jerusalén que revivía in situ la entrada de Jesús en la Ciudad Santa rodeado del gentío (así lo cuenta Egeria en el s. IV); por otra,  la de Roma donde desde el s. V los fieles se reunían junto a su Obispo para leer la Pasión y escuchar la homilía. La fusión de las dos tradiciones tuvo lugar en Hispania durante el s. VII y en Roma en el s. XI (si bien en la liturgia papal la procesión de los ramos no tuvo especial solemnidad). Por aquel entonces, el Papa se limitaba a distribuir las palmas benditas en una capilla de Letrán. Luego la procesión bajaba a la basílica por el camino más corto. El canto del himno Gloria Laus solemnizaba las antífonas de ese día.

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Fotografía: REUTERS/Max Rossi.

Procesión de entrada del Domingo de Ramos

Actualmente hay tres formas para realizar esta entrada:

  1. Una procesión por fuera con todo el pueblo desde el lugar donde se bendicen los ramos hasta la iglesia
  2. La entrada solemne desde la puerta de la iglesia hasta el presbiterio
  3. La entrada sencilla, donde se da relieve con el canto de entrada.

En cualquier caso, la petición de la oración colecta unifica los dos aspectos: “Dios todopoderoso y eterno (…) concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección”.

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Las palmas del Domingo de Ramos

Los cristianos esta día conmemoramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Fue aclamado, en mitad de palmas y ramos de olivo agitándose, de mantos arrojados a modo de alfombra, como el Mesías, como el Rey esperado, como el que venía en nombre del Señor.

Hoy se sigue recordando este momento en la procesión de las palmas. Éstas se bendicen y con ellas se elabora la ceniza que se usará en Miércoles de Ceniza del año siguiente.

Existe una costumbre piadosa de llevarse a casa uno de los ramos bendecidos y colocarlo en un sitio visible. Algunos los colocan en una cruz, otros en los balcones de casa. Es signo de que se quiere que Dios sea el Rey de esa casa, de la vida de todos los que viven allí. Es una maravillosa catequesis silenciosa para todos los que lo ven. Es un testimonio de fe.

Te dejamos ahora una oración para colocar en tu casa las palmas bendecidas.

Bendice Señor nuestro hogar.
Que tu Hijo Jesús y la Virgen María reinen en él.
Por tu intercesión danos paz, amor y respeto,
para que respetándonos y amándonos
los sepamos honrar en nuestra vida familiar,
Sé tú, el Rey en nuestro hogar.
Amén.

Lectura de la Pasión

En la lectura de la Pasión (de los evangelios sinópticos, dejando el evangelio de Juan para el Viernes Santo) pueden intervenir tres lectores: el que hace de Jesús (normalmente reservado al sacerdote), el cronista y quien personifica a los demás personajes. Se impone por sí misma la necesidad de una adecuada preparación externa e interna de los lectores: la dicción, el tono sobrio pero coherente con cuanto se narra así como la apropiación interna y espiritual.

Sabemos que el Mesías llegará a la victoria a través de la cruz. El color rojo de las vestes litúrgicas apunta a la muerte del Mártir y a su victoria. En el Domingo de Resurrección, justo una semana después, la muerte es vencida definitivamente y para siempre. La alegría ya no es pasajera. La alegría ya no apunta a un fatal desenlace. La alegría es entonces para siempre y para todos los que han aprendido que el camino está en la Cruz, pero la recompensa es triunfante y eterna.

Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Pedro de Orrente

 

FUENTE: A. G. Martimort, La Iglesia en oración, Herder, Barcelona 1987.

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