El evangelio a cuatro voces


Autor: Pablo María Edo
Nº Páginas: 144
Precio: 9.00€
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Tal vez la primera frase del libro resuma mejor que nada su propósito: “Siempre nos agrada que nos cuenten relatos o cuentos donde pasan cosas interesantes y podemos sentirnos protagonistas de la historia”. A eso debemos aspirar al leer el Evangelio: a experimentar como un personaje más lo que allí se narra. El Evangelio, y en definitiva la Biblia, es el libro de los libros. El primero que se imprimió, el más leído, el más traducido, el más reeditado, el más estudiado… luego algo tendrá.

Un punto de partida frecuente, y no por ello menos desacertado, es preguntarse por la validez de los evangelios. ¿Son verídicos e históricos? ¿Existieron sus autores realmente? ¿Redactaron verdaderamente cosas que vieron, o por el contrario se inventaron historias e incluso el personaje de Jesús? Es importante aclarar esta cuestión, porque a todo el mundo le tranquiliza y satisface saber la verdad, y por eso queremos conocerla.

Hasta comienzos de la Edad Moderna, o sea, el siglo XVI, la mayoría de la gente aceptaba sin más la veracidad de los evangelios. Pero para unos pocos, más capaces, eso no valía. Había que estudiar y corroborar su autenticidad. Y, con el tiempo, nacieron las críticas de algunos investigadores, que sugirieron que la historia evangélica era una exageración y una mentira, una gran mentira… pero piadosa, de tal forma que el evangelio, siendo algo bonito, no pasaba de ser un cuento. No había ningún Jesús histórico, sino un Cristo de la fe.

Pero no, los Evangelios sí parecen históricos y fidedignos. Porque si algo se cuenta en varios documentos de la época, y no sólo en uno, y los hechos coinciden y son coherentes, entonces es posible aceptar su validez. Sabemos por distintas fuentes, entre otras cosas, que Jesús nació hacia el 4 a.C., que pasó su infancia en Nazaret, que fue bautizado por Juan el Bautista, que predicó en parábolas, que tenía muchos seguidores y que murió crucificado por orden de Poncio Pilato.

Veamos, ¿quién escribió los cuatro evangelios? Por este orden:

San Mateo: lo simboliza un hombre, porque su evangelio comienza con la genealogía humana de Jesús. Fue un miembro de los doce apóstoles, y aunque su evangelio lo escribió en hebreo, más adelante fue traducido al griego.

Es un evangelio que debió de escribirse, en arameo, entre el 80 y el 90 d.C., en Antioquía.

Su evangelio se suele llamar catequético, pues resulta muy didáctico y contiene muchos discursos de Jesús dirigidos a las grandes masas, así como descripciones pormenorizadas de muchos milagros de Jesús.

San Marcos: lo representa un león, ya que inicia su obra hablando de la voz que clama en el desierto, donde se oía entonces el rugido del león. Era discípulo e intérprete de San Pedro, alguien muy conocido dentro de la primera comunidad. Sus cercanía con San Pedro le daba mucha autoridad a sus textos.

San Marcos lo redactó en Roma después de morir San Pedro, esto es, en la década de los 60.

Su estilo es muy directo, sencillo y fluido, lleno de vida. Al emplear verbos, suele hacerlo en la forma del presente.

San Lucas: lo simboliza un toro, porque hace referencia a los sacrificios del Templo, lugar donde sitúa San Lucas el principio de su relato. Él era uno de los colaboradores de San Pablo, médico y de origen gentil, no judío. No era de origen palestino y se caracterizaba por ser una persona culta, con ideas teológicas muy similares a las de San Pablo.

Gracias a sus dos prólogos (los Hechos de los Apóstoles también fue redactado por San Lucas), escritos en griego en una zona de Corinto (Grecia), sabemos que redactó su evangelio en la segunda generación cristiana, en torno a los años 70 u 80 d.C.

Su evangelio es el más culto: contiene frases muy largas, bien construidas y precisas.

San Juan: lo representa un águila, pues en su evangelio se remonta hasta lo más alto del misterio para contemplar la divinidad del Verbo. En su propio evangelio se indica que el autor del libro es uno de los personajes que aparecen en la historia: un discípulo muy amado por Jesús y que estuvo al pie de la cruz durante la Muerte de Jesús. San Juan era el hijo de Zebedeo y hermano de Santiago.

Por referencias de algunos autores (San Ignacio de Antioquíaa, San Policarpo) sabemos que se escribió entre el 90 y el 100 d.C., o tal vez unos pocos años antes, probablemente en Éfeso.

A diferencia de los otros, San Juan “ve todo y narra todo desde la mirada de Jesús. Y enseña al lector a vivir la historia desde dentro”. Es un evangelio lleno de simbolismos.

Los contenidos de estos cuatro evangelios, denominados canónicos, son muy coherentes entre sí. Son los únicos cuyos papiros se remontan al siglo I d.C. y que todas las comunidades cristianas, incluidos los predicadores apostólicos y los Padres de la Iglesia, han dado como válidos desde el principio. Cuentan la misma historia y con una sucesión de episodios similar, como si fueran cuatro versiones de lo mismo. “Se imponían ellos mismos por la fuerza de los hechos y no debió ser muy difícil autentificarlos. Sólo esos cuatro tenían el aval de uno de los testigos de la vida completa de Jesús y la autoridad de los demás que lo testimoniaba y aceptaba”.

Ahora bien, hoy en día no se conserva ninguno de los evangelios originales. Ignoramos dónde están esos manuscritos. Luego, ¿y si hubo alteraciones en las copias posteriores, las que ahora se estudian? Es posible, y probable, que se introdujeran correcciones, desde luego, al igual que ocurre con todas las obras históricas, sobre todo las más antiguas.

La crítica textual se dedica a estudiar eso: quiere, con su metodología científica y según unos criterios de trabajo, obtener el texto más parecido al de los autores originales. Es la ciencia que estudia el origen de los textos y su versión original, tratando de fecharlos e identificar a su autor.

Pues nosotros contamos con unos 5.400 manuscritos del Nuevo Testamento en griego para investigar, muchos más que los de cualquier otra obra clásica. De hecho, son los textos que mejor conocemos de la antigüedad.

Como señala el Concilio Vaticano II, “los evangelios son cuatro. Sólo estos cuatro contienen la verdadera y aprobada predicación apostólica acerca de Jesús, tienen su fuente en el testimonio de los testigos oculares de la vida, muerte, resurrección y ascensión de Jesús; están inspirados por el Espíritu Santo y fueron recibidos como tales en la Iglesia. Es decir, sólo estos cuatro transmiten fielmente al verdadero Jesús histórico. Y aparecen juntos pronto: hacia el año 150, o incluso antes”.

Frente a ellos están los evangelios apócrifos, es decir, secretos. No solían albergar cosas opuestas a la fe cristiana, sino que referían cosas no esenciales de la vida de Jesús, omitidas en los evangelios principales.

Una de las características más indiscutibles de los evangelios es su sencillez. Su mensaje se comprende sin problemas; al menos, el núcleo central. Por eso personas de tantas y tan diferentes clases sociales, naciones y épocas lo entienden. Jesús no empleaba un lenguaje sofisticado o lleno de tecnicismos. Hablaba con parábolas muy didácticas y claras, que no superficiales. Pero, eso sí, tal y como indicaban los Padres de la Iglesia, “los evangelios, como toda la Escritura, deben ser leídos con el mismo espíritu con que se escribieron”. Hay que respetar los evangelios.

La Iglesia afirma en su Catecismo: “Dios es el autor de la Sagrada Escritura(…). Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo” (n. 105).

Muchos de los personajes que vivieron en tiempos de Jesús creyeron en Él. Podemos pensar que fue fácil para ellos porque fueron testigos de aquellos acontecimientos. Pero también es cierto que muchos contemporáneos de Jesús vieron… pero no creyeron. ¿Por qué? Básicamente, porque para creer en Jesús y descubrirle hay que querer, tener ganas de verle; para leer los evangelios y sentirse interpelados y vivirlos de verdad hace falta aceptar el lenguaje humilde de Jesús y que sólo los humildes acogen. El cristianismo no sigue un libro, sino una Persona.

San Josemaría dejó escrito: “Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones» (Amigos de Dios, n. 252).