John Henry Newman. Una semblanza.

Newman2 - John Henry Newman. Una semblanza.


Autor: José Morales
Nº Páginas: 179
Precio: 9.00€
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John Henry Newman (1801-1890 d.C., Inglaterra) encarna la idea de un ecumenismo real y palpable. Fue un converso a la Iglesia católica y, al mismo tiempo, una persona que supo estrechar la distancia entre católicos y anglicanos. Demostró que el cisma provocado en la época de Enrique VIII no tenía por qué ser definitivo.

Newman fue uno de los mayores escritores en la historia de la Iglesia. Su personalidad, su carácter y su rica trayectoria intelectual han cautivado a biógrafos de los cinco continentes. Sus discursos, pronunciados con un inglés puro y directo, resultaban memorables, sin importar la confesionalidad de la audiencia: “Hacían pensar a los oyentes sobre las cosas de las que hablaba el predicador y no sobre el predicador”.

Este beato rompía estereotipos. Pese a su portentosa inteligencia, en ningún momento buscó llamar la atención. Ni siquiera le gustaba la vida social. Prefería la soledad y tratar a las personas individualmente, una por una, ya fuera mediante cartas extensas y cuidadas o en largas conversaciones. En cuanto a sus oponentes y detractores, Newman siempre adoptaba frente a ellos una actitud tranquila.

Su valiosa y conocida autobiografía (Apología “pro vita sua”), escrita durante la segunda mitad de su vida, la católica, no fue sino fruto del deseo de responder a las difamaciones que se rumoreaban por toda Inglaterra en contra de él y de su religión. Allí exponía con gran sencillez su itinerario espiritual y las decisiones religiosas que fue tomando en su vida. Su estilo respetaba siempre al anglicanismo y al protestantismo.

La educación de su infancia fue anglicana, fortalecida además tras conocer al clérigo Walter Mayers durante los últimos años de su colegio. A los quince años sufrió un severo proceso de conversión espiritual que lo afianzó en la fe anglicana. Pronto entró en el Trinity College, en Oxford. Por esa época le preocupaba el tema de la elección divina que recaía sobre cada persona. A los 21 años recibió las Órdenes sagradas. Fue nombrado fellow y en 1825 se convirtió en presbítero anglicano. Mantenía mucho el contacto con anglicanos que simpatizaban con el catolicismo.

La cabeza de Newman fue siempre un hervidero de planteamientos filosóficos y teológicos. En 1828, por ejemplo, empezó la lectura de los Padres de la Iglesia. Le resultó decepcionante. Pero eso sí, ya entonces empezaba a descubrir algo ignorado por muchos anglicanos: que la fe cristiana es razonable.

En 1833 pasó, por primera vez, una temporada en Italia. Lo hacía en un momento en que en la iglesia anglicana predominaba la desconfianza hacia la precisión doctrinal y la atracción por el sentimentalismo. A Newman, tras conocer Roma, le atrajo del catolicismo todo lo que echaba de menos en el anglicanismo.

Tras su vuelta a Inglaterra, Newman empezó a confeccionar y distribuir los tractos, pequeños y cómodos folletos en los que disertaba sobre la situación apostólica o el carácter sagrado y jerárquico del ministerio pastoral. Newman trabajaba y escribía mucho, tratando de encontrar un término medio entre el protestantismo y el catolicismo. Estudió los escritos de los Padres de la Iglesia nuevamente. Y publicó el llamado Tracto 90, donde interpretaba los 39 Artículos anglicanos y trataba de acercarse intelectualmente, sin prejuicios, a las doctrinas católicas.

A partir de 1837 y 1838 empezó a convertirse en un predicador muy conocido el país, desempeñando un liderazgo religioso y sólido que hablaba de cosas tradicionales con una perspectiva original y apasionada. Su conversión fue un proceso continuado y fruto de la reflexión personal llevada a cabo durante años. Y ese proceso estuvo marcado por una lógica implacable que desconcertaba e irritaba a algunos anglicanos.

Le asaltaban muchas dudas y preocupaciones. Comprendía que la base del anglicanismo era insegura. Tenía la virtud de convertir en estímulo las contrariedades. “Desde fines de 1841 yo estaba en mi lecho de muerte como miembro de la Iglesia anglicana, aunque de momento me daba cuenta solamente por grados”, escribió el propio Newman.

Pero hasta octubre de 1845 no tuvo su conversión formal y definitiva al catolicismo. Sus amigos y conversadores más cercanos, que junto con él crearon el Movimiento de Oxford, entendían que él actuaba según su conciencia, guiado por un sentido del deber. De hecho, muchos no tardaron en seguirle a la Iglesia.

Newman escribió entonces el famoso Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, y al año siguiente se ordenó sacerdote. Pero todavía tenía que encontrar su lugar en la Iglesia. Finalmente lo hizo, en 1847, con algo que era lo más semejante a la vida de un college de Oxford: la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri en Inglaterra, con sedes tanto en Birmingham como en Londres.

Años después, en 1855, se marchó a Irlanda, donde ejerció como rector de la Universidad Católica de Dublín e insistió en la novedosa y polémica idea de confiar a laicos valiosos las responsabilidades y tareas propias de la universidad. En 1859 dimite de su cargo. Veinte años después, en 1878, el college invitó a Newman a reincorporarse, por ser él uno de sus más ilustres hijos, así que regresó a Oxford. Cuando tres años más tarde, en 1871, el Papa León XIII lo nombró cardenal, Newman se convirtió en una auténtica figura nacional que unía, de alguna manera, a ingleses y católicos.

Escritor, profesor de Teología, maestro de novicios, rector de una universidad, superior de una Congregación… Newman compaginó todos esos deberes con una actividad interior igualmente copiosa. Entendía la oración como el arma más eficaz.

Un conocido de Newman, protestante, dejó escrito sobre él: “Es un memorable episodio en la vida del doctor Newman que, cuando hubo de afrontar el peligro, él asumió directamente el peligroso cometido en vez de encomendarlo a otros” (pág.104). Humilde y sencillo, Newman demostró que lo que ayuda al ecumenismo, al diálogo sincero entre religiones, a comprender la realidad de Jesucristo, es la actitud abierta a la Verdad, una Verdad que reconoció en la Iglesia católica.